Cuando la oración se seca, volver al pozo: un lugar de oración que se profundiza en la vida diaria

Cuando la oración se seca, volver al pozo
Incluso para quienes llevan muchos años en la vida de fe, orar no siempre es fácil. Hay días en que las palabras fluyen con naturalidad, pero también hay días en que, aun sentados delante de Dios, el corazón se siente como tierra reseca. Sin embargo, la oración no es un privilegio reservado para quienes “saben orar bien”. Es acercarse a Dios, como quien tiene sed va al pozo.
La Biblia nos exhorta así: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6, RVR1960). La oración no es una técnica para hacer desaparecer los problemas de inmediato, sino un canal de gracia que nos ayuda a volver la mirada a Dios en medio de ellos.

Qué cambia la oración
Muchas veces pensamos en la oración solo como un “medio para recibir respuestas”. Y ciertamente Dios responde a la oración. Así como cuando Elías oró fervientemente y la lluvia se detuvo y luego volvió a caer, Dios sigue vivo y obrando hoy (Santiago 5:17-18).
Pero uno de los grandes frutos de la oración es que nosotros mismos somos renovados delante de Dios. La oración aquieta el corazón apresurado, reúne los pensamientos dispersos y nos enseña a valorar más la voluntad de Dios que la nuestra. Por eso Pablo exhorta: “Orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17, RVR1960). Esto no significa pasar todo el día de rodillas en una misma postura, sino aprender a vivir cada momento delante de Dios.
La persona que ora puede estar en la misma situación, pero su centro interior cambia. Aunque el temor no desaparezca por completo, empieza a mirar a Dios, que es mayor que ese temor. Aunque la respuesta no se vea de inmediato, recibe fuerzas para esperar.
¿Cómo conviene orar?
La oración no tiene que ser grandiosa. El Señor nos enseñó su dirección cuando dijo: “Vosotros, pues, oraréis así” (Mateo 6:9-13, RVR1960). Puedes orar siguiendo el Padre Nuestro: exaltando el nombre de Dios, pidiendo el pan de cada día, confesando el pecado y rogando no caer en tentación. Es una estructura breve, pero profundamente rica.
Otra buena manera es orar con la Palabra. Por ejemplo, al leer los Salmos, puedes convertir en oración un versículo que haya quedado en tu corazón. Si lees: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Salmos 51:10, RVR1960), puedes orar: “Señor, renueva hoy en mí un corazón limpio”.
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