El llamado de Abraham: de los ídolos a la gracia
A través de Josué 24, este artículo examina cómo el comienzo de Abraham no fue una decisión humana, sino el llamado lleno de gracia de Dios. Medita sobre la esencia de la fe que se aparta de los ídolos para seguir la Palabra y la aplica a la vida de hoy.

El comienzo de Abraham visto desde Josué 24: la gracia que lo llamó fuera de los ídolos
Cuando pensamos en Abraham, muchas personas recuerdan primero la expresión “padre de la fe”. Sin embargo, la Biblia presenta su punto de partida de una manera muy significativa. Josué 24:2 dice: “Antiguamente vuestros padres, entre los cuales estuvo Taré, padre de Abraham y de Nacor, habitaron al otro lado del río, y servían a dioses extraños”. Este versículo nos ayuda a no leer la historia de Abraham de una manera demasiado romántica. Su comienzo no fue la continuación natural de una familia piadosa desde siempre. Más bien, fue un acontecimiento de gracia en el que Dios lo llamó primero y lo sacó de un ambiente que servía a los ídolos.
Esto muestra claramente la esencia de la fe. La fe no es el resultado de que una persona encuentre por sí misma una dirección mejor y se acerque a Dios mediante una mejora personal. La fe verdadera comienza cuando el Dios vivo habla primero y rescata a una persona del lugar del pecado y de los ídolos. La salvación que enseña la Biblia siempre está bajo la iniciativa de Dios. Dios nos buscó antes de que nosotros lo buscáramos, y nos dio su promesa antes de que extendiéramos la mano. El comienzo de Abraham es una escena en la que este modo de la gracia se revela con claridad en el Antiguo Testamento.
También es importante el contexto en el que Josué pronunció estas palabras. Josué 24 describe el momento en que Israel, después de establecerse en la tierra de Canaán, confirma de nuevo el pacto. Josué no se limitó a exhortar al pueblo a vivir bien. Primero les recordó paso a paso quién es Dios y qué había hecho desde los días de sus antepasados. Les hizo recordar en qué ambiente había estado la familia de Abraham, cómo Dios había escogido y guiado a un hombre y cuán fielmente había obrado durante el viaje por Egipto, el desierto y Canaán. Este también es un principio muy importante para leer la Biblia. La obediencia nace de la memoria. Cuando olvidamos lo que Dios ha hecho, la obediencia se endurece en obligación; cuando recordamos la gracia, la obediencia se convierte en una respuesta agradecida. Por eso es importante leer la Biblia con constancia y comprender el texto dentro de todo su movimiento. En relación con esto, también puede ser útil considerar por qué es importante leer toda la Biblia.
Al pensar en el comienzo de Abraham, solemos concentrarnos únicamente en la “partida”. Por supuesto, cuando Dios llama, hace falta partir. Pero en la raíz de esa partida hay un acontecimiento aún más fundamental: Dios apartó para sí como pueblo a una persona que estaba entre dioses falsos. El mundo nos dice que confiemos en la seguridad visible, en las garantías que podemos tomar con las manos y en el orden reconocido por la gente. Pero Dios nos enseña a tomar su Palabra como fundamento más seguro que lo visible. Los ídolos siempre prometen tranquilidad inmediata, pero al final atan a las personas. En cambio, el llamado de Dios puede parecer extraño y temible en ocasiones, pero conduce a la verdadera libertad.
Esto se aplica de la misma manera a nuestra fe hoy. Quizá no nos inclinemos ante una imagen de piedra o de madera, pero los ídolos que la Biblia advierte son mucho más amplios. Cuando mi voluntad se adelanta a la voluntad de Dios, cuando el éxito y la reputación se vuelven más importantes que la verdad o cuando el dinero y los logros se convierten en la seguridad del corazón, seguimos siendo personas inclinadas a servir a otros dioses. Aunque exteriormente vivamos una vida religiosa, el centro del corazón se revela al observar qué tememos más y en qué confiamos más en los momentos de decisión. Por eso, la historia de Abraham no es solo la biografía de una persona de hace mucho tiempo; también es un espejo que ilumina nuestro interior. Examinar el corazón y presentarnos ante la Palabra nos hace volver a pensar en qué es la meditación.
No debemos perder de vista que el propósito de llamar a Abraham no era únicamente que él prosperara. Dios llamó a un hombre para desplegar la historia redentora hacia las naciones. Este flujo de la promesa llega finalmente a Jesucristo. Gálatas 3:8 dice: “Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones”. El llamado de Abraham no es solo una historia que explica el origen de una nación; es una escena que anticipa la dirección del evangelio que se cumpliría en Cristo. Al leer este pasaje debemos ver más grande el plan de salvación de Dios que la decisión humana. Para comprender más ampliamente la vida y el contexto de Abraham, necesitamos perseverar en la lectura de la Biblia.
Un ejemplo cotidiano puede hacerlo más comprensible. Imaginemos a alguien que durante mucho tiempo ha vivido solo según su propia confianza. Cada vez que toma una decisión importante, calcula primero las ganancias y las pérdidas en lugar de la voluntad de Dios, y en sus relaciones se aferra más a las apariencias que a la verdad. Por fuera parece estable, pero por dentro siempre tiembla. Un día, al leer la Palabra, comprende de pronto que aquello en lo que había confiado hasta entonces no era Dios. En ese momento necesita un cambio de dirección antes que un gran fervor religioso. Tiene que dejar la seguridad anterior y volver al lugar donde reconoce que la Palabra de Dios es verdadera. Los pasos de la fe suelen comenzar así. Aunque no parezca grandioso, que cambie el dueño del centro es el cambio mayor.
En la segunda mitad de Josué 24, Josué declara al pueblo: “Pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). Estas palabras no son una simple frase de determinación. Son una respuesta del pacto que nace después de recordar la gracia que Dios ya había mostrado. Lo mismo ocurre con nosotros hoy. La fe no es el poder de un positivismo vago, sino la cuestión de a quién serviremos como Señor en realidad. Reconocer a Dios solo en el culto no basta; la fe consiste en recibirlo como Señor en los momentos del tiempo, el dinero, las relaciones y las decisiones. La fe no permanece como un asentimiento en el pensamiento, sino que cambia el orden de la vida.
También debemos pensar profundamente en que el hecho mismo de que Dios llamara a Abraham es una fuente de esperanza. Dios no usa solamente a quienes tuvieron un comienzo limpio. Tampoco es necesario tener un pasado perfecto para recibir un llamado. Más bien, Dios llama por gracia y abre un camino nuevo. Por eso, el pasado no puede definir por completo el presente. No podemos tomar el pecado a la ligera, desde luego. Pero el llamado de Dios es mayor que el trasfondo del pecado, y la promesa de Dios es más firme que la insuficiencia humana. Con esta confianza no nos exageramos ni nos desesperamos. El evangelio no es una recompensa para quienes tienen méritos; es la declaración llena de gracia de Dios que llama a los pecadores.
En definitiva, el comienzo de Abraham no es la historia de alguien elegido porque ya fuera extraordinario, sino la historia de Dios que se acercó primero y abrió una historia nueva. Josué 24 nos hace volver a ese comienzo y también nos pregunta: ¿mi corazón está sirviendo realmente a Jehová? ¿Digo que creo en Dios, pero en realidad confío más profundamente en otras seguridades? El camino de la fe no es un camino que se empieza solo después de que todo está claro. Comienza al confiar en la Palabra del Dios que nos buscó primero y al apartarnos del lugar de los ídolos.
La obediencia de hoy quizá no consista en un plan grandioso, sino en enderezar la dirección del corazón. Es importante recordar continuamente, al leer la Palabra, cómo es Dios y examinar a quién sirve realmente cada elección de nuestra vida. Para cultivar un hábito constante de la Palabra, también puede ayudar usar la Palabra de hoy o el plan de lectura de 365 días. Cuanto más recordamos la gracia que Dios mostró primero, más aprendemos a servir a Jehová con claridad en las decisiones de cada día. Y al final de ese camino permanece el pacto de Dios, mayor que la determinación humana y más fiel que nuestras vacilaciones.
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