Por qué Deuteronomio 15 manda abrir la mano al hermano pobre
Deuteronomio 15 enseña a no acaparar las bendiciones recibidas mediante la cancelación de deudas, la ayuda al hermano pobre y la liberación de los siervos.
El mensaje central de Deuteronomio 15 es que nadie debe acaparar lo que ha recibido de Dios. Este mandato se concreta en la cancelación de las deudas, en abrir la mano al hermano pobre y en dejar en libertad a los siervos. Al recorrer este capítulo, comprendemos por qué no debemos considerar la ayuda a los demás únicamente como una pérdida.
Cada siete años dejaban de reclamar las deudas
Al final de cada siete años, los israelitas debían cancelar lo que habían prestado a su prójimo y a sus hermanos. Durante el año de remisión, el acreedor no podía exigir el pago de la deuda. Debía renunciar a lo que había prestado a su hermano.
Esta norma impedía que una persona pobre siguiera oprimida por una deuda que no podía pagar. Para quien había prestado, era un mandato de no aferrarse hasta el final a su derecho a cobrar. Las bendiciones disfrutadas en la tierra que Dios les había dado no podían convertirse en un medio para acosar a un hermano endeudado.
El texto afirma que, si escuchaban la palabra y obedecían sus mandatos, serían bendecidos en aquella tierra y no habría pobres entre ellos. Sin embargo, enseguida añade que nunca dejaría de haber pobres en el país. Por eso, cuando alguien atravesaba dificultades, el pueblo debía abrirle la mano. La promesa de bendición no era una licencia para desentenderse del pobre, sino que iba unida a una vida de ayuda mutua conforme al mandato de Dios.
No debían cerrar la mano aunque se acercara el año de remisión
Sin importar en qué ciudad viviera un hermano pobre, el pueblo no debía endurecer el corazón ni cerrarle la mano. Debía abrirla generosamente y prestarle todo lo que necesitara.
La cercanía del año de remisión podía convertirse en un motivo para negarle la ayuda. Si la deuda debía cancelarse pronto, aumentaba la posibilidad de no recuperar lo prestado. El texto califica ese razonamiento de «pensamiento perverso». Si alguien se amparaba en la remisión para no dar nada a un hermano necesitado, este podía clamar al Señor, y quien lo hubiera ignorado sería culpable de pecado.
Por tanto, abrir la mano no significa simplemente entregar sin esfuerzo lo que sobra. Significa proporcionar al hermano necesitado lo que le hace falta, aunque parezca poco probable recuperarlo. El mandato de dar con generosidad y sin mezquindad sigue la misma lógica. El pueblo no debía permitir que sus propios cálculos cerraran la puerta a la ayuda.
Al dejarlos en libertad, no los despedían con las manos vacías
Si un hebreo o una hebrea se vendía como siervo y trabajaba durante seis años, debía quedar en libertad al séptimo. Pero el mandato no se cumplía simplemente poniendo fin a su condición de siervo. Su amo no debía despedirlo con las manos vacías.
Debía proveerle generosamente de su rebaño, de su era y de su lagar. La medida de esa generosidad debía corresponder a la bendición que Dios había concedido al amo. También debía recordar el trabajo realizado por el siervo durante seis años y, por ello, no considerar gravoso dejarlo en libertad.
Este mandato incluía el recuerdo de la propia historia de Israel. Ellos habían sido esclavos en Egipto y Dios los había rescatado. Un pueblo que había conocido la esclavitud no debía escatimar la libertad de otros. La liberación y las bendiciones que habían recibido debían traducirse en dejar libre al siervo y proporcionarle generosamente lo necesario para comenzar una nueva vida.
La bendición recibida no se detenía ante la necesidad de un hermano
En la cancelación de las deudas, la ayuda al hermano pobre y la liberación de los siervos se repite una misma actitud: renunciar a lo que se podía cobrar, abrir la mano, dar libertad y compartir para que nadie se marchara con las manos vacías. En cambio, el texto advierte contra la actitud de exigir el pago, cerrar la mano, actuar con mezquindad y considerar gravoso dejar libre a alguien.
Deuteronomio 15 antepone la posibilidad de que el hermano necesitado pueda rehacer su vida a los cálculos de quien posee bienes. Las bendiciones recibidas de Dios no debían quedarse únicamente en sus manos. Debían llegar como remisión a quien estaba oprimido por las deudas, como ayuda generosa a quien padecía necesidad y como libertad y provisión para un nuevo comienzo a quien había servido durante seis años.
Una acción concreta para hoy es pensar en alguien que necesite ayuda, reconocer qué cálculos nos llevan a postergarla y ofrecerle generosamente algo que realmente necesita. Para volver a observar el desarrollo del pasaje, puedes consultar Deuteronomio 15 y fijarte en cómo se repiten la mano que perdona una deuda y la mano que se abre al hermano pobre.
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