¿Bajo qué mandato sitúa la guerra Deuteronomio 20?
Deuteronomio 20 no deja la guerra en manos del miedo ni de la fuerza, sino que la somete al mandato de Dios. Analizamos el hilo que forman las exenciones del servicio militar, la oferta de paz, la distinción entre ciudades y la protección de los árboles frutales.
Deuteronomio 20 no permite que la fuerza del ejército o el temor humano decidan la guerra, sino que la sitúa bajo el mandato de Dios. Esta respuesta se descubre en las normas que van desde el versículo 1, cuando Israel se enfrenta a sus enemigos, hasta el versículo 20, donde se indica cómo tratar los árboles durante el asedio de una ciudad. El pasaje establece límites desde el momento de salir a combatir hasta la conducta posterior a la victoria, impidiendo que Israel haga la guerra a su antojo.
No debían dejarse dominar por el miedo al ver un ejército numeroso
Lo primero que los israelitas veían en el campo de batalla eran caballos, carros y tropas más numerosas que las suyas. Dios no negaba aquella realidad, pero les ordenaba que no tuvieran miedo. La razón era que Jehová, quien los había sacado de Egipto, estaba con ellos.
Cuando se acercaban al lugar del combate, el sacerdote debía repetir este mensaje delante del pueblo. Proclamaba una serie de exhortaciones: no desmayar, no temer, no alarmarse ni dejarse aterrorizar. Después declaraba que Dios marchaba con su pueblo para luchar contra sus enemigos y darle la victoria. Frente a la diferencia visible entre ambos ejércitos, el pasaje insiste en lo que Dios ya había hecho y en que continuaba acompañándolos.
Sin embargo, la orden de no tener miedo no significaba obligar a todos a permanecer en el campo de batalla. Podían regresar a casa quienes hubieran construido una vivienda nueva y aún no la hubieran estrenado, quienes hubieran plantado una viña y todavía no hubieran disfrutado de su fruto, y quienes estuvieran comprometidos pero aún no se hubieran casado. También debía volver quien sintiera miedo y hubiera perdido el ánimo, pues su temor podía desanimar a los demás.
El sacerdote proclamaba que Dios estaba con ellos, mientras que los oficiales examinaban las circunstancias de cada persona y la influencia que estas podían ejercer sobre la comunidad. Solo después de completar este proceso se nombraban los jefes que dirigirían al ejército. La preparación para la guerra no consistía simplemente en reunir al mayor número posible de soldados.
Antes de atacar una ciudad debían ofrecerle la paz
Cuando Israel avanzaba para atacar una ciudad, primero debía ofrecerle la paz. Si la ciudad aceptaba la propuesta y abría sus puertas, sus habitantes quedarían sujetos a trabajos forzados y servirían a Israel. Solo cuando rechazaba la paz y optaba por combatir se ordenaba sitiarla.
El pasaje no establece el mismo trato para todas las ciudades. El versículo 15 aclara que esta norma se aplicaba a las ciudades lejanas que no pertenecían a los pueblos de Canaán. En cambio, en las ciudades de la tierra que Dios entregaba como herencia, se ordenaba exterminar por completo a los hititas, amorreos, cananeos, ferezeos, heveos y jebuseos.
El versículo 18 explica directamente el motivo. Existía el peligro de que aquellos pueblos enseñaran a Israel las prácticas abominables que realizaban para sus dioses, llevándolo a imitarlas y a pecar contra Jehová. Por tanto, el pasaje distingue las ciudades según su distancia, el pueblo al que pertenecían y el riesgo de que sus prácticas condujeran a Israel al pecado. No aplica una única regla indistintamente a realidades diferentes.
Aunque el asedio se prolongara, no debían talar los árboles frutales
Aunque el asedio de una ciudad durara mucho tiempo, los israelitas no debían talar sus árboles frutales, porque podrían alimentarse de sus frutos. El texto pregunta si acaso los árboles del campo son personas a las que se deba sitiar. De este modo, diferencia claramente entre la ciudad contra la que se combate y los árboles que proporcionan alimento.
Ni siquiera la necesidad de fabricar instrumentos de guerra permitía cortar cualquier árbol. Solo podían talarse aquellos que se supiera que no producían fruto, con el fin de utilizarlos para construir obras de asedio contra la ciudad. La necesidad de mantener el sitio hasta conquistarla no justificaba la destrucción de los árboles frutales.
Las normas de Deuteronomio 20 sobre la guerra no permiten reunir tropas movidos por el miedo, atacar de inmediato ni destruir indiscriminadamente todo lo que pueda resultar útil. El pueblo debía escuchar la proclamación de que Dios estaba con él, distinguir a quienes debían regresar, ofrecer primero la paz a las ciudades lejanas y preservar los árboles frutales incluso durante un asedio. El comienzo de la guerra, su desarrollo y el alcance de la destrucción quedaban sometidos al mandato de Dios.
Si hoy tienes ante ti una situación que te causa temor, lee Deuteronomio 20:1-4 y escribe una frase sobre la amenaza que ves y otra sobre lo que Dios ha hecho. Este sencillo ejercicio te ayudará a no fijarte únicamente en la magnitud del adversario, sino a seguir el orden del pasaje y recordar que el Dios que sacó a Israel de Egipto está contigo.
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