Cómo distingue Éxodo 30 el servicio sagrado
Exploramos cómo debía practicarse y distinguirse el servicio ante Dios siguiendo las instrucciones de Éxodo 30 sobre el altar del incienso, el rescate, la fuente de bronce, el aceite de la unción y el incienso.

Éxodo 30 ordena que el servicio ante Dios se realice de manera constante conforme a lo establecido y se distinga claramente de los usos cotidianos. Esta distinción se manifiesta en las instrucciones concretas sobre el altar del incienso, el rescate, la fuente de bronce, el aceite de la unción y el incienso. Las personas, los lugares y los objetos dedicados al servicio de Dios no debían tratarse según las preferencias humanas, sino conforme a los mandatos dados en el texto.
El incienso se ofrecía sin cesar por la mañana y al atardecer
Moisés debía construir con madera de acacia un altar para quemar incienso y recubrirlo de oro puro. El altar debía colocarse delante del velo que estaba frente al arca del testimonio, es decir, frente al propiciatorio donde Dios había prometido encontrarse con Moisés.
Aarón debía quemar incienso aromático cada mañana, cuando preparaba las lámparas. También debía hacerlo al atardecer, cuando volvía a encenderlas. No se trataba de ofrecer incienso una sola vez, sino de mantener esta práctica de generación en generación, vinculada al cuidado diario de las lámparas por la mañana y al anochecer.
Sin embargo, no podía colocarse cualquier ofrenda sobre aquel altar. Estaba prohibido ofrecer en él incienso extraño, holocaustos u ofrendas de cereal, así como derramar libaciones. El altar tenía un propósito específico. Una vez al año, Aarón debía hacer expiación sobre sus cuernos con la sangre del sacrificio por el pecado. Tanto la quema constante del incienso como la expiación anual fueron ordenadas porque aquel altar era santísimo para el Señor.
Todos entregaban el mismo rescate
Cuando se hiciera el censo de los israelitas, cada persona censada debía pagar un rescate por su vida. Todo varón de veinte años o más entregaba medio siclo, según el siclo del santuario. El rico no debía dar más ni el pobre menos de esa cantidad.
Las diferencias económicas no suponían diferencias en el rescate. Todos entregaban el mismo medio siclo, y el dinero recaudado se destinaba al servicio de la Tienda de reunión. Ante el Señor, esta contribución servía como memorial de los israelitas y estaba relacionada con la expiación por sus vidas. Toda persona censada quedaba sujeta al mismo mandato.
Los sacerdotes se lavaban las manos y los pies cada vez que entraban
Entre la Tienda de reunión y el altar debía colocarse una fuente de bronce con agua. Aarón y sus hijos tenían que lavarse las manos y los pies con esa agua cuando entraran en la Tienda de reunión. También debían lavarse al acercarse al altar para quemar una ofrenda presentada por fuego.
El lavamiento no era un rito que se realizara una sola vez al comenzar el sacerdocio. Debía repetirse cada vez que entraran en la Tienda de reunión y siempre que ejercieran su ministerio ante el altar. El texto señala dos veces que debían lavarse para no morir y establece este mandato como un estatuto perpetuo para Aarón y sus descendientes. Haber sido consagrados para una función sagrada no sustituía la necesidad de purificarse una y otra vez.
El aceite de la unción y el incienso no podían elaborarse para otros fines
El aceite de la unción, preparado con los aromas y el aceite de oliva indicados, se aplicaba a la Tienda de reunión, al arca del testimonio y a sus diversos utensilios. También se ungía con él a Aarón y a sus hijos para consagrarlos y permitirles ejercer el sacerdocio. Este aceite servía para apartar lugares, objetos y personas para el servicio del Señor.
Por eso no debía derramarse sobre el cuerpo de cualquier persona ni reproducirse siguiendo la misma fórmula. El incienso que se colocaría delante del arca del testimonio también debía prepararse con los ingredientes prescritos, en proporciones iguales, sazonado con sal, puro y santo. Asimismo, estaba prohibido elaborar esa misma mezcla para disfrutar personalmente de su aroma.
En Éxodo 30, la santidad no es una sensación indefinida. Se expresa mediante acciones concretas: quemar incienso por la mañana y al atardecer, entregar el mismo rescate por cada persona censada, lavarse cada vez que se entra al santuario y reservar el aceite de la unción y el incienso para su propósito sagrado. El servicio ante Dios se sostenía mediante un orden en el que aquello que debía repetirse se practicaba con constancia y lo consagrado no se mezclaba con los intereses personales.
Hoy, vuelve a leer Éxodo 30 y marca los pasajes donde aparecen expresiones como «de generación en generación», «santo» y «lavarse». Así podrás reconocer de un vistazo qué mandatos debían repetirse y qué elementos debían mantenerse apartados de cualquier otro uso.
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