Especialmente, en el antiguo sistema de sacrificios, la repetición del derramamiento de sangre revela que el pecado nunca debe tomarse a la ligera. Hebreos 9:22 declara: “Y sin derramamiento de sangre no hay perdón”. Acercarse a Dios no es un asunto que se pueda hacer sin alguna cuota. Desde este trasfondo, contemplamos la cruz de Jesucristo. Jesús no desprecia la ley, sino que la cumple perfectamente. La declaración de Jesús en Mateo 5:17: “No penséis que vine a abolir la ley o los profetas; no vine a abolir, sino a cumplir”, afirma que el evangelio no es una excusa barata para anular la ley, sino la continuidad perfecta.
Jesucristo cumplió la obediencia perfecta que nosotros no pudimos ofrecer, y tomó sobre sí la condena que nos correspondía. Por eso, la justicia no se obtiene por nuestras acciones, sino por la fe en Cristo. La justicia viene por la fe, no por las obras de la ley. Romanos 3:28 afirma: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley”. Cuando la ley revela nuestras heridas, el evangelio no solo las cubre, sino que salva — es el poder de Dios para salvar.
Entonces, ¿cómo debemos leer hoy la ley como cristianos? No para buscar la salvación mediante ella. Sin embargo, tampoco debemos despreciarla como si fuera un vestigio inútil. La ley aún nos enseña qué espera Dios de nosotros, cuáles son sus atributos. Nos revela lo que Dios aborrece y lo que le agrada. También, vemos nuestra vulnerabilidad ante sus estándares. Cuando estos dos aspectos trabajan juntos, leer la ley deja de ser una condena para convertirse en un proceso de humillación y maduración en el evangelio.
Esto también es importante cuando pensamos en [lectura bíblica a lo largo de toda la Biblia] (/glossary/bible-through). Al leer desde Génesis hasta Apocalipsis, vemos que las distintas partes no son libros independientes sino una historia de redención conectada. Desde la perspectiva de [lectura bíblica en cadena] (/glossary/mccheyne-bible-reading), podemos entender mejor la relación entre la ley y el evangelio, siguiendo la historia completa. Lo esencial no es solo cuánto leemos, sino que todo el mensaje testimonia a Cristo.
En la vida diaria, sucede igual. Es fácil justificar pequeñas mentiras en el trabajo, elevar ligeramente los logros, evitar responsabilidades o solo decir lo que convence. En el mundo, esto puede parecer astucia. Pero, delante de Dios, se revela que es una cuestión de verdad, no de inteligencia. En la familia, también: podemos mostrarnos reverentes y religiosos afuera, pero ser duros y despreciativos con quienes amamos cerca. La ley no permite una vida dividida; el amor a Dios y al prójimo van de la mano.
Por eso, al leer la ley, no basta con decir ‘debo’ o ‘no debo’. Debemos preguntar: ¿Cómo se manifiesta Dios en esta palabra? ¿Qué amo, qué temo y en qué confío? Este modo de lectura revela qué significa la [oración y meditación] (/glossary/devotion). La ley no es una colección de reglas frías, sino la palabra viva que pone nuestro corazón ante Dios. Si es necesario, podemos comenzar con textos breves como [el pan diario] (/manna) y, con constancia, avanzar en nuestra lectura, usando [lecturas bíblicas] (/bible) o un plan de lectura de 365 días (/daily).
En definitiva, la ley no extiende el evangelio ni lo opone. En realidad, nos ayuda a entender la necesidad del evangelio en lo profundo. La ley no rebaja los estándares de Dios; el evangelio, en cambio, salva a los que caen por esos estándares altos, en Cristo. Quien lee la ley con fe, no se enorgullece, sino que se acerca más a la gracia. Quien conoce el evangelio, no ve la ley como una carga aterradora, sino como la manera en que Dios nos forma en santidad. El llamado de la santidad comienza en el Monte Sinaí y no se difumina en la cruz. Más bien, en Cristo, la profundidad y la magnitud del amor de Dios se vuelven más evidentes.
A veces, al leer la Biblia, sentimos el peso de la ley. Pero no debemos dejar que nos aleje de Dios. Al contrario, debemos contemplar en esa misma ley la santidad de Dios y su amor, que entregó a su hijo por nosotros. Entonces, la ley dejará de ser un muro de condena para convertirse en un camino que revela cuán grande y poderoso es el amor en Cristo. Quien se acerca a la palabra con fe, aprenderá cada día a vivir no con su propia fuerza, sino con la capacidad del evangelio.