La Parábola de la Oración en Momentos de Desánimo
Cuando la oración se prolonga y las respuestas parecen tardar más, la
Bible Habit
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La Parábola de la Oración en Momentos de Desánimo

La Parábola de la Oración en Momentos de Desánimo
Cuando la oración se prolonga y las respuestas parecen tardar más, la
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Cuanto más larga se vuelve la oración, más frecuente es que nuestra alma se debilite. En un principio, la oración nacía con fervor, pero si con el paso del tiempo no vemos cambios, comenzamos a cuestionarnos: ¿Debería rendirme? ¿Estoy pidiendo mal? ¿Realmente escucha Dios mis oraciones? Jesús no ignoró estos pensamientos. Por eso, compartió una parábola para enseñarnos que nunca debemos desistir y que siempre debemos seguir orando.
Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Era una persona que hacía lo que le convenía, sin preocuparse por la justicia. En esa ciudad, vivía una viuda que, persistentemente, acudía ante él para que le hiciera justicia, suplicándole que resolviera su problema.
La razón por la que esta escena resulta tan vívida en nuestra memoria es que, en aquel tiempo, las viudas eran particularmente vulnerables socialmente. Sin un protector masculino, ellas estaban en desventaja en temas de propiedad o disputas legales, y era difícil que alzaran su voz en público. Probablemente no contaban con recursos económicos o contactos que las ayudaran, por eso, la indiferencia del juez era como un muro que profundizaba aún más su sufrimiento.
Pero esta viuda no se da por vencida. No se deja vencer por la impotencia, sino que insiste y regresa una y otra vez a buscar justicia. Su persistencia no es una simple testarudez, sino la expresión de una necesidad desesperada, de alguien que no tiene otro refugio. Cuanto menos tiene, más sencilla es su paso. Con un corazón decidido, vuelve a presentarse ante el juez, con la esperanza de que, al menos, escuche su petición.
El juez, al principio, no la atiende. Pero con el tiempo, cediendo quizás por cansancio, finalmente accede a hacer justicia. Su motivación no es un deseo genuino de justicia, sino que ya no soporta más sus constantes rogativas. Jesús, en este punto, nos invita a entender el carácter de Dios: si para un juez injusto fue suficiente responder, ¿habría Dios, que es justo y amoroso, ignorar el clamor de su pueblo?
Lo fundamental aquí no es entender a Dios como alguien que responde a regañadientes. La parábola no compara a Dios con ese juez insensible. Al contrario: subraya la diferencia radical. Mientras el juez que ignora la justicia es alguien que desprecia a las personas vulnerables, Dios, nuestro Padre celestial, escucha con atención las súplicas de su pueblo. La clave no es que Dios nos tenga que obligar a abrir su corazón, sino que, incluso en tiempos de espera, no perdamos de vista su bondad.
A menudo, en nuestra oración, nos perdemos en distintas direcciones. Podemos pensar que, por orar mucho, estamos negociando con Dios para obtener su favor, o que, si la respuesta no llega pronto, Dios se ha olvidado de nosotros. Pero la Biblia no presenta la oración como una transacción. No es un sistema en que, cuanto más hablamos, más probable es que nos concedan lo que pedimos. La oración, más bien, es una respiración de fe, una continua acercamiento a Dios, nuestro Padre.
Al final de la parábola, Jesús deja con una pregunta que sorprende: “¿Cuando venga el Hijo del Hombre, hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8). Esa pregunta interroga más allá de la destreza en la oración: busca profundizar en nuestro corazón. No importa si las respuestas son rápidas o lentas, sino dónde colocamos nuestra confianza durante el tiempo de espera. La oración no garantiza resultados inmediatos, sino una disposición de obediencia y confianza en que la justicia de Dios prevalecerá.
En nuestra cotidianidad, estamos rodeados de estas esperas: al esperar los resultados de un examen médico, en el proceso de reconciliación con un hijo que ha cuestionado nuestro amor, cuando enfrentamos injusticias en el trabajo y sentimos que la solución no llega, o en momentos en que una relación se rompe y no sabemos si debemos pedir perdón o simplemente guardar silencio, oramos y esperamos.
En esos momentos, tendemos a inclinar nuestra tendencia a una de dos: por un lado, la ansiedad, que nos lleva a exigir cambios inmediatos o a tomar decisiones extremas. Por otro lado, la resignación, que hace que bajemos los brazos y dejamos de orar, creyendo que nada puede cambiar. Pero esta parábola nos invita a no caer en ninguna de las dos opciones. Nos llama a volver a la misma posición de la viuda, a regresar al lugar donde Dios nos llama a estar, a pesar de las circunstancias. Aunque parezca que estamos orando lo mismo que ayer, cada nueva oración que levantamos ante Dios no es igual a la anterior; en esa acción, la fe se va fortaleciendo.
Un ejemplo reciente podría ser el de alguien que ora por la sanación de su familia por largo tiempo. Aunque produzca temor hablar de ello, un día, sin que las cosas cambien inmediatamente, experimenta pequeños avances: puede callar palabras ásperas y, en lugar de responder con ira, comienza a buscar un diálogo. La oración no siempre deja grandes milagros, pero muchas veces, nos ayuda a disminuir nuestra carga emocional y a obedecer en pequeños gestos.
Otra persona lucha contra una repetida tendencia a caer en pecado: le avergüenza tanto su culpa que no tiene ganas de acudir a Dios. Pero en ese momento, esta parábola se convierte en una invitación, más que en una condena. No dice “espera a que seas perfecto”, sino “regresa, aunque estés en ruinas”, porque la fe no implica estar en un estado perfecto, sino volver una y otra vez, especialmente en los momentos en que más necesitamos de Dios.
Solo con recordar el contexto histórico, podemos comprender aún más la fuerza de esta parábola. En la Biblia, los juicios no eran meramente procedimientos legales, sino una protección para los más vulnerables. La ley en la Biblia insiste en no oprimir a los huérfanos, a las viudas y a los extranjeros. La escena del juez, que viola estos principios, evidencia la profundidad de la discrepancia de Jesús con la injusticia. La escena en que ese juez, que debería proteger, termina siendo insensible, resalta la necesidad de una justicia verdadera y la diferencia radical con la forma en que Dios actúa.
Por ello, esta parábola no sólo elogio a la perseverancia personal, sino también una proclamación de que Dios escucha de manera distinta al clamor de quienes son olvidados por el mundo. Aunque la gente pueda cansarse de escuchar los susurros de sus necesidades, Dios no se queda indiferente. Aunque el llanto parezca alejarlo, la Biblia nos afirma que Él no cierra sus oídos ni se aleja de sus hijos.
A veces, lo que necesitamos para seguir adelante no es una respuesta espectacular, sino reconocer humildemente que estamos agotados. No nos dejemos engañar por pensar que nuestra oración debe ser perfecta o que tenemos que tener toda la fe del mundo. Solo debemos abrir nuestro corazón y decirle a Dios: “Señor, estoy desanimado. Pero aún así, vengo a ti”. También podemos repetir una pequeña oración, incluso en silencio, como un acto de fe.
Mientras leemos la Biblia, es útil fijarnos en los comienzos y finales de las parábolas. La primera invita a no desesperar y a continuar orando; la última deja la pregunta sobre si hallaremos fe en la tierra. Cuando meditamos en ambos, entendemos que la oración y la fe están intrínsecamente conectadas. La oración es donde la fe toma sentido, y la fe, por su parte, es la raíz que sostiene nuestras oraciones.
Al reflexionar sobre tu día, te invito a hacerte estas preguntas: ¿Tiendes a dudar de la bondad de Dios cuando las respuestas tardan en llegar? ¿O más bien, eres honesto con Dios en medio de esa incertidumbre? Escribe una oración sincera y breve, como: “Señor, estoy desanimado. Pero aun así, vengo a ti.” Incluso esa oración sencilla, con fe, puede mover el corazón del Padre.
Al leer la Biblia, recuerda que es importante captar el inicio y el final de la parábola. La invitación a no desesperar y la pregunta sobre la fe muestran que, en medio de la espera, nuestra confianza en Dios no debe flaquear. La oración y la fe no están separadas; son dos raíces que se alimentan una de otra y nos sostienen en la espera.
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