¿Qué pretendían proteger los severos castigos de Levítico 20?
A través de los severos castigos de Levítico 20 y del reiterado mandato de mantenerse apartados, examinamos por qué Dios quiso que Israel preservara su santidad mediante la conducta de toda la comunidad.

Los severos castigos de Levítico 20 establecían con claridad los límites que Israel debía respetar como pueblo perteneciente a Dios. Después de prohibir el culto a Moloc, la consulta a médiums y espiritistas, las maldiciones contra los padres y diversos pecados sexuales, el capítulo reitera el mandato de guardar y poner por obra los estatutos de Dios. Al seguir el desarrollo del texto, vemos que la santidad no consiste en una vaga disposición interior, sino en una vida que no imita las costumbres de otros pueblos y que respeta con hechos la distinción establecida por Dios.
No se podía hacer la vista gorda ante la entrega de los hijos a Moloc
El primer mandato exige que sea condenado a muerte quien entregue a uno de sus hijos a Moloc. Esta disposición se aplicaba tanto a los israelitas como a los extranjeros que residían en Israel. Dios declaró que tal conducta contaminaba su santuario y profanaba su santo nombre.
Si la gente del lugar veía lo sucedido y hacía la vista gorda, el problema no quedaba resuelto. Dios afirmó que eliminaría de entre el pueblo tanto a quien hubiera entregado a su hijo a Moloc como a su familia y a quienes siguieran su ejemplo prostituyéndose en pos de Moloc. La acción de una persona aparece junto a la conducta de quienes la toleraban o imitaban. Por tanto, esta prohibición no recaía únicamente sobre el individuo. La comunidad tampoco debía ignorar aquello que Dios había prohibido.
Se utiliza una expresión semejante para quien acudiera a médiums o espiritistas. Dios declaró que se pondría contra esa persona y la eliminaría de entre su pueblo. Al final del capítulo vuelve a ordenar que todo hombre o mujer que practicara la adivinación o evocara a los muertos fuera apedreado. Esta prohibición abre y cierra el pasaje, mostrando mediante acciones concretas a quién seguía Israel y a quién pertenecía.
Las acciones que destruían las relaciones tenían consecuencias
Los versículos 7 y 8 ordenan: «Santificaos, pues, y sed santos», y a continuación mandan guardar y poner por obra los estatutos de Dios. Después se enumeran la maldición contra los padres, el adulterio con la esposa del prójimo, la transgresión de los límites en las relaciones familiares cercanas y las relaciones sexuales con animales.
El texto no presenta estas conductas como simples decisiones desacertadas. Las califica de «abominación», «maldad», «perversión» e «inmundicia», y establece consecuencias como la muerte o la expulsión de entre el pueblo. En varias disposiciones también se repite la expresión «su sangre será sobre él». La estructura del pasaje deja claro que cada persona debía asumir la responsabilidad por sus propios actos.
Esta lista no es una recopilación de prohibiciones inconexas. Define de manera concreta los límites que debían respetarse en las relaciones con los padres, los vecinos, el cónyuge y los parientes, y declara que quien los quebrantara no podía permanecer sin más dentro de la comunidad. El mandato de ser santos se dio junto con instrucciones concretas sobre aquello que debía evitarse en las relaciones cotidianas.
Guardar los estatutos también estaba relacionado con la tierra
A partir del versículo 22 vuelve a aparecer el mandato de guardar y poner por obra todos los estatutos y decretos. Dios advirtió que solo así la tierra en la que Israel iba a habitar no los vomitaría. Los pueblos que antes vivían allí habían practicado las conductas enumeradas, por lo que Dios ordenó a Israel que no siguiera sus costumbres.
Israel no debía ser un pueblo que se limitara a continuar las prácticas de aquellas naciones. Dios prometió entregarles la tierra como heredad y declaró que él era quien los había apartado de los demás pueblos. A continuación, les ordenó distinguir entre animales limpios e inmundos, y entre aves limpias e inmundas. La declaración de que Israel era un pueblo apartado aparece unida a la práctica cotidiana de distinguir entre unas cosas y otras.
Por último, Dios ordena: «Habéis, pues, de serme santos». El propio texto explica la razón: el Señor es santo y apartó a Israel de entre los pueblos para que fuera suyo. Por eso, los castigos de Levítico 20 no se limitan a destacar la severidad de las penas. Su propósito era erradicar claramente de la comunidad las conductas que contaminaban el santuario y profanaban el nombre de Dios, las que quebrantaban los límites de las relaciones y las que imitaban las costumbres de otros pueblos.
Hoy puedes volver a leer todo Levítico 20 y copiar dos expresiones que se repiten: «Guardad mis estatutos y ponedlos por obra» y «os he apartado». Después, anota por separado cada conducta que el texto prohíbe y cada acción que ordena. Así podrás ver con mayor claridad que la santidad de este capítulo no se presenta como un sentimiento abstracto, sino como la forma de vivir de un pueblo perteneciente a Dios, que reconoce los límites establecidos y pone en práctica sus estatutos.
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