Números 22: los desvíos de la burra dejaron al descubierto los límites de Balaam
Mientras Balaam atendía las insistentes peticiones de Balac, golpeó tres veces a su burra, que había visto al ángel del Señor antes que él. Veamos qué revelan esas acciones repetidas sobre las limitaciones de Balaam.
En Números 22, la burra de Balaam se apartó tres veces del camino porque vio al ángel del Señor de pie con una espada en la mano. Balaam, incapaz de verlo, golpeó al animal. Solo cuando el Señor le abrió los ojos pudo ver quién le cerraba el paso. Este capítulo confirma una y otra vez que, por grande que fuera la recompensa prometida, Balaam no podía abrirse camino ni decidir qué decir según su propia voluntad.
Balac pidió que maldijeran a Israel porque tenía miedo
Israel acampó en las llanuras de Moab. Balac, rey de Moab, había visto lo que Israel les hizo a los amorreos y sintió miedo ante la multitud del pueblo. Antes de enfrentarse directamente con Israel, quiso llamar a Balaam para que lo maldijera.
La primera comitiva llegó hasta Balaam llevando consigo el pago por sus artes adivinatorias. Balac pensaba que, si Balaam maldecía a Israel, podría atacarlo y expulsarlo. Sin embargo, Dios le dijo a Balaam que no fuera con aquellos hombres ni maldijera a Israel, porque era un pueblo bendecido.
Balac no aceptó la negativa. Envió a más dignatarios, y de mayor rango que los primeros. Prometió colmar a Balaam de honores y hacer todo cuanto le pidiera. Aumentaron el número y la categoría de los enviados, así como la recompensa ofrecida, pero nada de eso podía cambiar la palabra de Dios.
Aunque Balaam dijo que no podía desobedecer, volvió a consultar
Balaam respondió que, aunque Balac llenara su casa de plata y oro, él no podría hacer nada, ni poco ni mucho, que contradijera la palabra de Dios. Aun así, pidió a la segunda comitiva que también pasara allí la noche, pues quería saber si el Señor tenía algo más que decirle.
Dios le dijo que, si aquellos hombres habían venido a buscarlo, podía ir con ellos. Al mismo tiempo, estableció un límite muy claro: solo debía hacer lo que Dios le indicara. Cuando Balaam emprendió el viaje, Dios se enojó, y el ángel del Señor se plantó en el camino para cerrarle el paso. El propio pasaje afirma que el camino de Balaam era perverso ante el ángel del Señor.
El hecho de haber recibido permiso no significaba que Balaam pudiera actuar con libertad absoluta. Dios lo detuvo mientras iba de camino y, aun después de llegar, solo podría pronunciar las palabras que Dios le diera.
La burra se apartó tres veces, pero Balaam la golpeó tres veces
Al ver al ángel del Señor con la espada en la mano, la burra se desvió primero hacia el campo. Cuando el ángel se colocó en un sendero estrecho entre los viñedos, el animal se pegó contra el muro y lastimó el pie de Balaam. Finalmente, cuando el ángel bloqueó un lugar tan angosto que no dejaba espacio para apartarse, la burra se echó al suelo debajo de Balaam.
El camino fue estrechándose: primero había espacio para desviarse hacia el campo, luego solo quedaba un paso entre dos muros y, por último, ya no había escapatoria. La burra evitó al ángel tres veces, y Balaam la golpeó cada vez. A sus ojos, el comportamiento del animal parecía una desobediencia; en realidad, la burra estaba reaccionando ante un peligro que él no podía ver.
Cuando el Señor abrió la boca de la burra, esta le preguntó si alguna vez se había comportado así con él. Balaam reconoció que no. Aunque su fiel burra repitió tres veces una conducta que nunca antes había mostrado, Balaam se dejó llevar por la ira sin detenerse a comprender la razón.
Balaam solo entendió por qué le cerraban el paso cuando sus ojos fueron abiertos
Cuando el Señor abrió los ojos de Balaam, él también vio al ángel con la espada en la mano. El ángel le dijo que, si la burra no se hubiera apartado tres veces, habría matado a Balaam y dejado vivo al animal. Así, la burra que Balaam golpeó fue precisamente la que, al cambiar de dirección tres veces, lo libró de la muerte.
Balaam reconoció su pecado y admitió que no sabía que el ángel estaba allí para impedirle el paso. También dijo que regresaría si su viaje desagradaba a Dios. El ángel le permitió continuar, pero volvió a imponerle el mismo límite: debía decir únicamente lo que él le indicara. Ante Balac, Balaam también dejó claro que no podía hablar por cuenta propia, sino pronunciar solamente las palabras que Dios pusiera en su boca.
Balac insistió en que podía concederle grandes honores. Sin embargo, el ángel del Señor cerró el camino de Balaam, y Dios puso límites a sus palabras. Ni la recompensa de Balac ni la fama de Balaam podían cambiar lo que Dios había declarado acerca de su pueblo bendecido.
Una acción concreta para hoy es volver a leer Números 22 antes de tomar una decisión importante o pronunciar palabras de peso, y examinar si estamos quitando o añadiendo algo a lo que Dios ya dejó claro para acomodarlo a nuestros deseos. La orden que Balaam oyó repetidas veces era sencilla: no podía hablar según su propia voluntad, sino decir únicamente lo que Dios le indicara.
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