Una forma sencilla de entenderlo es pensar en quienes se preparan de urgencia para exámenes importantes o entrevistas, durmiendo pocas horas por días consecutivos. Aunque puedan lograr resultados por esa vía, esas habilidades no se desarrollan de la noche a la mañana. Lo mismo sucede con la fe. Solo en los momentos difíciles, si solo intentamos reforzarla en crisis, será demasiado fácil tambalear. La verdadera fortaleza se construye cultivando la Palabra de Dios en la vida cotidiana, respetando los cultos, reconociendo el pecado: estos hábitos fundacionales mantienen la estabilidad aún en las crisis. La preparación no reside en momentos dramáticos, sino en las rutinas de todos los días. Por eso, hábitos como leer la Biblia no son solo acumular conocimientos, sino prácticas concretas que nos forman en una vida despierta ante Dios.
El llamado en Mateo 24 también nos invita a examinar cómo usamos nuestro tiempo. Debemos preguntarnos si, por estar ocupados, estamos relegando nuestro estado espiritual; si, aunque nos preocupamos en exceso, cada vez le dedicamos menos tiempo a la Palabra; si, siendo sensibles a las noticias del mundo, estamos insensibles a las promesas de Dios. La vigilancia consiste en resistir ese impulso natural. No es que no debamos desconocer cuándo vendrá Cristo, sino que, por no saberlo, debemos vivir con mayor claridad y propósito hoy. La práctica de acercarse diariamente a la Palabra, como en el anuncio de hoy, nos ayuda a poner la mirada en Cristo otra vez.
Un punto importante que debemos entender es que el llamado a prepararnos no implica que nuestra salvación dependa de nuestras obras. La Biblia afirma claramente que la justicia proviene solo por la fe en Jesucristo, y no por las obras de la ley (Gálatas 2:16). La salvación se basa en la cruz y la resurrección de Cristo. No podemos presentarnos ante Dios con nuestro propio esfuerzo o religiosa dedicación; solo la justicia de Cristo nos justifica. Sin embargo, una persona que verdaderamente cree en este evangelio no puede vivir desconsiderada ante la venida de Jesús. La vida de quien ha sido salvado necesariamente produce frutos. Estar despierto no es pagar un precio para salvarse, sino que es la respuesta natural de un que ya ha sido salvado.
Por eso, lo que realmente necesitamos hoy no es ansiedad sin rumbo, sino una restauración en la dirección. Si nuestro corazón se ha desviado, podemos volver a la Palabra. Si estamos cansados por la espera, recordemos que el tiempo de Dios no es lento. 2 Pedro 3:9 dice: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza”, y continúa explicando que la razón de su paciencia es que no desea que nadie sea destruido, sino que todos lleguen a arrepentirse. La paciencia de Dios no significa ausencia de juicio, sino un tiempo de gracia. Así que, incluso ahora, este momento no es un espacio vacío, sino un lugar donde aprender y crecer en fe y obediencia.
Finalmente, estar despiertos no se trata de adivinar el futuro, sino de ser fieles en el presente. Debemos ser honestos en cumplir lo que debemos hacer, mantener viva la honestidad y el amor en nuestras relaciones, y ser conscientes de Dios en lo que no vemos. Esa es la verdadera preparación. Cuando la espera se prolonga, la fe no se oscurece, sino que puede iluminare más claramente. El Señor no nos llama a vivir con ansiedad, sino a confiar en sus promesas y a no despilfarrar el día. Si nuestro ritmo espiritual está desordenado, podemos empezar con pequeños gestos, como el hábito de leer la Biblia 7 veces. La espera prolongada no es tiempo perdido; revela en qué estamos realmente aferrados. Cuanto más parezca retrasado, más firmemente debemos agarrarnos a la fe, vivir con fidelidad en el día a día, y recordar que, en medio de la aparente demora, nuestro Señor vuelve con certeza.
No es más importante una decisión heroica que llame la atención que la fidelidad cotidiana ante Dios. La verdadera preparación consiste en vivir con reverencia a Dios en cada día, manteniendo la sinceridad, el amor y la integridad en las relaciones. Así, quien vive de esa manera—día a día—ya está en sintonía con la realidad de que la venida del Señor está cada vez más cerca, incluso en medio de un tiempo que parece tardío.