La habilidad de Bezalel y el sábado obedecen al mandato de Dios
Éxodo 31 reúne el mandato de construir el tabernáculo con destreza y el de descansar el sábado. Reflexionamos sobre cómo se relacionan realizar con esmero la tarea encomendada y detenerse cuando llega el momento.

En Éxodo 31, tanto la construcción del tabernáculo como la observancia del sábado están bajo el mandato de Dios. Dios concedió a Bezalel y Aholiab la sabiduría y la habilidad necesarias para hacer lo que había ordenado. Al mismo tiempo, mandó a Israel trabajar durante seis días y descansar obligatoriamente el séptimo.
Dios escogió a personas y les concedió habilidades
Dios llamó por nombre a Bezalel, de la tribu de Judá. Lo llenó del Espíritu de Dios y le dio sabiduría, inteligencia, conocimiento y toda clase de habilidades. Bezalel recibió el encargo de crear objetos artísticos de oro, plata y bronce, tallar y engastar piedras preciosas, y trabajar la madera.
Bezalel no tuvo que encargarse solo de toda la obra. Dios designó a Aholiab, de la tribu de Dan, para que trabajara junto a él. También dio sabiduría a todas las personas de corazón sabio. Las habilidades que cada uno había recibido no debían limitarse a exhibir sus capacidades, sino emplearse para hacer lo que Dios había ordenado a Moisés.
El pasaje también enumera de manera concreta los objetos que debían fabricar. Tenían que hacer la tienda de reunión, el arca del testimonio y el propiciatorio, además de la mesa, el candelabro, el altar del incienso, el altar del holocausto y la fuente. También debían preparar las vestiduras del sacerdote Aarón y de sus hijos, el aceite de la unción y el incienso. No añadieron objetos según su propio criterio ni cambiaron su finalidad. El versículo 11 vuelve a confirmarlo: «Harán conforme a todo lo que te he mandado».
Las personas escogidas, la sabiduría recibida, los compañeros de trabajo y los objetos que debían fabricar apuntaban hacia un mismo mandato. La destreza artística no era un medio para lucirse libremente, sino para completar fielmente la obra que Dios había establecido.
Después de encomendarles una obra minuciosa, Dios también mandó guardar el sábado
Justo después de terminar la lista de los objetos necesarios para el tabernáculo, Dios dijo a Moisés que guardaran el sábado. Aunque había mucho por hacer y la obra requería gran destreza, no les ordenó seguir trabajando hasta el séptimo día. Podían trabajar durante seis días, pero el séptimo era un sábado de reposo consagrado al Señor.
El mandato sobre el sábado se repite varias veces. Los versículos 13 y 14 ordenan guardarlo. El versículo 15 contrapone los seis días de trabajo con el descanso del séptimo día. El versículo 16 declara que los israelitas debían observar el sábado de generación en generación como pacto perpetuo. Las graves consecuencias anunciadas para quien trabajara ese día muestran también que este descanso no era opcional.
Dios afirmó dos veces que el sábado era una señal entre él e Israel. Al observar ese día, los israelitas debían reconocer que el Señor era quien los santificaba. Como fundamento del sábado, también se recuerda que Dios creó los cielos y la tierra en seis días, y que el séptimo día cesó de su obra y descansó.
Tanto el tiempo de trabajar como el de detenerse fueron establecidos
Bezalel y sus compañeros debían fabricar, sin omitir nada, todos los objetos que Dios había ordenado. Sin embargo, incluso la obra destinada al tabernáculo tenía que detenerse el séptimo día. Así como Dios determinó qué debían hacer, también determinó cuándo trabajar y cuándo descansar.
Por tanto, el centro de Éxodo 31 no consiste únicamente en que personas hábiles fabricaron objetos magníficos. El pasaje coloca una junto a la otra la obediencia de emplear las capacidades recibidas para completar todo lo ordenado y la obediencia de guardar el sábado aun en medio de una obra importante. Detener las manos en el día establecido era una forma de obedecer el mandato tanto como realizar con esmero la tarea encomendada.
Una acción concreta para hoy es volver a leer Éxodo 31 y señalar por separado lo que Dios mandó «hacer» y lo que ordenó «guardar». Así podremos observar con claridad que el pasaje no resta importancia al trabajo, pero tampoco pospone el descanso consagrado por debajo de las tareas pendientes.
Finalmente, cuando Dios terminó de hablar, entregó a Moisés las dos tablas del testimonio. Eran tablas de piedra escritas por el dedo de Dios. Tanto las manos de quienes construían el tabernáculo como las manos de los israelitas que se detenían el sábado debían obedecer la palabra dada por Dios mismo.
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