Por qué Deuteronomio 17 somete tanto a los jueces como al rey a la Palabra
Deuteronomio 17 somete al mandato de Dios tanto la investigación de acusaciones graves como los juicios difíciles y la autoridad del rey, y muestra cómo evitar que el criterio humano se desvíe.
Deuteronomio 17 enseña que ni los jueces ni el rey pueden juzgar o ejercer el poder según su propio parecer. Las acusaciones graves debían investigarse minuciosamente y confirmarse mediante el testimonio de varios testigos. Los casos difíciles, por su parte, debían resolverse conforme al procedimiento judicial establecido. Incluso el rey tenía que conservar el libro de la ley a su lado, leerlo durante toda su vida y no apartarse del mandamiento ni a la derecha ni a la izquierda.
Cuanto más grave sea la acusación, más minuciosa debe ser la investigación
El versículo 1 ordena no ofrecer a Dios ningún buey ni oveja que tenga defecto o imperfección. Las ofrendas presentadas a Dios no podían escogerse según la conveniencia de cada persona. A partir del versículo 2, el pasaje se ocupa de quienes quebrantaban el pacto y adoraban a otros dioses, al sol, a la luna o a las estrellas.
El hecho de que alguien denunciara una conducta así no significaba que se castigara de inmediato al acusado. El versículo 4 manda que, al oír la denuncia, se investigue el asunto cuidadosamente. Primero había que comprobar si lo sucedido y lo declarado eran ciertos.
Para dictar una sentencia de muerte no bastaba el testimonio de una sola persona. El versículo 6 establece que debía haber dos o tres testigos. En el versículo 7, los testigos eran los primeros en actuar contra el condenado, y después participaba el resto del pueblo. Quien daba testimonio no podía desligarse de sus palabras ni de las consecuencias que estas producían.
Aunque las penas del pasaje son severas, el procedimiento de verificación también está claramente definido. No se permitía decidir sobre la vida de una persona basándose únicamente en un rumor o en la palabra de un solo individuo. El mandato de eliminar el mal se dio junto con la orden de examinar cuidadosamente los hechos y reunir varios testimonios.
Los casos difíciles no deben resolverse en solitario
El versículo 8 reconoce que podían surgir pleitos difíciles de juzgar, relacionados con derramamiento de sangre, disputas o agresiones. Ante casos así, el juez de la ciudad no debía forzar una conclusión por su cuenta. Tenía que acudir al lugar que Dios escogiera y consultar a los sacerdotes levitas y al juez que ejerciera en aquel tiempo.
Una vez que ellos comunicaran su veredicto, este debía cumplirse con cuidado. El versículo 11 ordena actuar conforme a la ley enseñada y a la sentencia pronunciada, sin apartarse «ni a la derecha ni a la izquierda». Cuanto más complejo fuera el caso, mayor prioridad tenían la ley establecida y el procedimiento judicial sobre las convicciones personales.
Tampoco se consideraba una falta menor actuar con arrogancia y negarse a escuchar al sacerdote o al juez. Los versículos 12 y 13 ordenan eliminar de Israel esa conducta para que el pueblo no volviera a actuar con presunción. Las decisiones de la comunidad no eran algo que cada persona pudiera aceptar solo cuando coincidieran con sus preferencias.
El rey necesita el libro de la ley más que grandes posesiones
A partir del versículo 14 aparecen las instrucciones que Israel debía observar cuando quisiera establecer un rey. Este debía ser elegido por Dios y pertenecer al pueblo de Israel. El trono no era un puesto al que pudiera elevarse arbitrariamente a cualquiera que lo deseara.
El rey no debía acumular caballos, esposas, plata ni oro. Tampoco podía hacer regresar al pueblo a Egipto para conseguir caballos. Su posición no le concedía el derecho de aumentar sin límites su poder militar, sus alianzas o sus riquezas. Al contrario, su autoridad estaba sujeta a restricciones claras.
Cuando subiera al trono, el rey debía copiar personalmente el libro de la ley conservado ante los sacerdotes. Tenía que mantenerlo a su lado y leerlo todos los días de su vida, para aprender a temer a Dios y obedecer todos sus estatutos. La lectura de la ley impediría que su corazón se enalteciera sobre sus hermanos y que se apartara del mandamiento a la derecha o a la izquierda.
En la primera parte del capítulo, los jueces no debían desviarse de la ley ni del veredicto a la derecha o a la izquierda. En la segunda, el rey tampoco debía apartarse de los mandamientos de Dios en ninguna dirección. Esta repetición deja claro que tanto quienes juzgan como quienes gobiernan deben someterse a una Palabra que está por encima de ellos.
Una acción concreta para hoy es leer todo Deuteronomio 17 y señalar uno de los mandamientos que ponen límites al juicio humano. Anotar expresiones como «investigar cuidadosamente», «dos o tres testigos», «no apartarse ni a la derecha ni a la izquierda» o «tenerla consigo y leerla todos los días de su vida» permite reconocer con mayor claridad el hilo conductor de este capítulo.
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