¿Cómo enseña Deuteronomio 26 a administrar los frutos de la tierra recibida?
Deuteronomio 26 une la entrega de las primicias y el diezmo con una confesión que recuerda el pasado y una generosidad que alimenta al prójimo.
Deuteronomio 26 ordena a Israel reconocer que los frutos de la tierra provienen de Dios, presentarlos ante él y compartirlos con el prójimo. Este hilo conductor aparece en la entrega de las primicias, en los versículos 1–11; en el reparto del diezmo del tercer año, en los versículos 12–15; y en el compromiso de obedecer los estatutos y mandamientos, en los versículos 16–19. La confesión que recuerda lo recibido se traduce en acciones concretas: una canasta de primicias y el diezmo.
Las primicias se colocan en una canasta y se presentan ante Dios
El pueblo de Israel entrará en la tierra que Dios le da, se establecerá en ella y recogerá sus cosechas. Entonces deberá tomar las primicias de todos los frutos de la tierra y colocarlas en una canasta. Esa canasta será llevada al lugar que Dios haya escogido para establecer allí su nombre. El sacerdote la recibirá de manos del oferente y la pondrá delante del altar de Dios.
Quien presenta las primicias comienza declarando que ha llegado a la tierra prometida. Después recuerda que su antepasado descendió a Egipto con un pequeño grupo de personas y que allí llegó a convertirse en una nación grande y poderosa. Tampoco omite que los egipcios maltrataron a Israel y lo sometieron a trabajos forzados. Confiesa además que, cuando Israel clamó, Dios escuchó su voz y vio su sufrimiento y opresión.
La confesión no se detiene en el sufrimiento del pasado. Proclama que Dios sacó a Israel de Egipto con mano poderosa y brazo extendido, con señales y prodigios, y que le entregó una tierra donde abundan la leche y la miel. Luego, señalando la canasta que tiene delante, declara que ha traído las primicias de la tierra que Dios le dio.
La peregrinación de los antepasados, la opresión en Egipto, el clamor del pueblo, la respuesta de Dios, la salida de Egipto, la recepción de la tierra y la entrega de las primicias aparecen, en ese orden, dentro de una misma confesión. El fruto que ahora sostiene en sus manos no es una posesión desligada del pasado. Es la evidencia de que Dios condujo a su pueblo hasta la tierra que había jurado dar a sus antepasados.
La bendición recibida se convierte en una alegría compartida
Después de colocar las primicias ante Dios, se ordena adorarlo y celebrar con alegría. Esa alegría no queda reservada al oferente y a su familia. También participan los levitas y los extranjeros que viven en medio de Israel. Reconocer todas las bendiciones recibidas de Dios no termina en disfrutarlas a solas, excluyendo a los demás.
El mandato sobre el diezmo del tercer año concreta aún más esta forma de compartir. Después de separar todo el diezmo de la cosecha, el pueblo debe entregarlo a los levitas, los extranjeros, los huérfanos y las viudas. El propósito es claro: que coman dentro de sus ciudades hasta quedar satisfechos.
Tras entregar el diezmo, el pueblo confiesa que ha actuado conforme al mandato de Dios. Declara que sacó de su casa la porción consagrada y la entregó a las personas señaladas, sin quebrantar ni olvidar el mandamiento. Al presentar las primicias, recordó la tierra recibida de Dios; al entregar el diezmo, confirmó que no había olvidado su mandato. Recordar no se limita a las palabras, sino que lleva a sacar de casa lo consagrado para alimentar a otros.
Reconocer a Dios implica obedecer sus mandamientos
A partir del versículo 16 se ordena cumplir los estatutos y las leyes con todo el corazón y con toda el alma. El pueblo afirma que reconoce al Señor como su Dios, que andará en sus caminos, obedecerá sus estatutos, mandamientos y leyes, y escuchará su voz. Dios, por su parte, reconoce a Israel como su pueblo especial y promete convertirlo en un pueblo santo.
Por tanto, en Deuteronomio 26, reconocer a Dios no puede separarse de las acciones de ofrecer las primicias y compartir el diezmo. Con los primeros frutos de la tierra recibida, el pueblo recuerda cómo Dios lo guio en el pasado; con el diezmo de sus cosechas, alimenta a los levitas, los extranjeros, los huérfanos y las viudas. La confesión delante de Dios y la generosidad dentro de las ciudades forman parte de un mismo mandato.
Hoy podemos anotar algo que hayamos recibido, elegir a una persona con quien compartirlo para no guardarlo solo para nosotros y llevarlo a la práctica. Reconocer con palabras lo que hemos recibido y compartirlo con otra persona es una manera concreta de seguir el hilo de Deuteronomio 26. Puedes volver a consultar el pasaje completo en Leer la Biblia.
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