¿Por qué Deuteronomio 12 estableció un lugar para ofrecer sacrificios?
Deuteronomio 12 explica por qué Israel no debía ofrecer sacrificios en cualquier lugar ni según su propio criterio, sino presentarlos como Dios había ordenado en el lugar elegido por él y celebrar allí en comunidad.
En Deuteronomio 12, Dios prohibió que los israelitas ofrecieran sacrificios donde quisieran y según su propio criterio. Debían llevar sus ofrendas al lugar elegido por Dios y presentarlas de la manera que él había ordenado. Deuteronomio 12 desarrolla este mandato comenzando con la destrucción de los lugares de culto de las otras naciones y llegando hasta las normas sobre las comidas cotidianas.
Debían destruir los lugares de culto de las otras naciones
En la tierra a la que Israel iba a entrar había lugares donde otros pueblos rendían culto a sus dioses. Sobre los montes altos, las colinas y debajo de los árboles frondosos se encontraban altares, piedras sagradas, imágenes de Aserá e ídolos tallados. Dios ordenó destruir por completo todos esos lugares, derribar los altares, hacer pedazos las piedras sagradas y quemar las imágenes de Aserá.
El mandato no se limitaba a dejar de usar aquellos lugares. Dios también les prohibió adorarlo del mismo modo en que esas naciones servían a sus dioses. Israel no podía tomar las prácticas religiosas que veía a su alrededor y utilizarlas para rendir culto a Dios.
Los versículos 29 al 31 vuelven a señalar ese mismo límite. Dios les advirtió que no investigaran cómo adoraban aquellas naciones a sus dioses para después imitarlas. Esos pueblos llegaban incluso a quemar a sus hijos como ofrenda. Puesto que Dios aborrecía y consideraba detestables tales prácticas, Israel no debía seguir sus pasos.
Debían llevar las ofrendas al lugar elegido por Dios
Existe un contraste evidente entre los lugares que debían destruir y el lugar al que debían acudir. Los israelitas no podían escoger cualquier sitio que les pareciera apropiado, sino que debían presentarse en el lugar que Dios eligiera para establecer allí su nombre. A ese lugar tenían que llevar los holocaustos, los sacrificios, los diezmos, las ofrendas elevadas, las ofrendas prometidas, las ofrendas voluntarias y las primeras crías de sus ganados.
Este mandato se repite en los versículos 5, 11, 14, 18 y 26. Cada vez que aparece, el criterio no es la comodidad de un lugar escogido por Israel, sino la elección de Dios. El versículo 8 enseña que, una vez en la tierra prometida, no debían continuar actuando como hasta entonces, haciendo cada uno lo que consideraba correcto. El versículo 13 también advierte que no debían ofrecer holocaustos en cualquier lugar que vieran.
Lo que hacían en el lugar elegido por Dios no terminaba con la presentación de los sacrificios. Allí, en presencia de Dios, el pueblo debía comer y celebrar con su familia las bendiciones recibidas sobre el trabajo de sus manos. Sus hijos y siervos participaban también de aquella celebración, y no debían excluir a los levitas, que no tenían una porción de tierra ni una herencia propia. La ofrenda a Dios y la alegría de compartir la comida tenían lugar juntas, y esa alegría no estaba reservada únicamente para los miembros más poderosos de cada familia.
Había una diferencia entre la carne de consumo cotidiano y las ofrendas sagradas
No toda la carne tenía que comerse exclusivamente en el lugar elegido por Dios. De acuerdo con la bendición recibida, los israelitas podían sacrificar animales y comer su carne dentro de cada una de sus ciudades. Aunque el lugar escogido por Dios estuviera lejos, podían consumir allí la carne destinada a la alimentación cotidiana, y tanto las personas ceremonialmente puras como las impuras podían comerla.
Sin embargo, no debían comer en sus ciudades los diezmos, las primeras crías de sus ganados, las ofrendas prometidas, las ofrendas voluntarias ni las ofrendas elevadas. Tenían que llevarlas al lugar elegido por Dios y comerlas allí, en su presencia. Las comidas cotidianas estaban permitidas, pero no podían tratar según su conveniencia aquello que habían consagrado a Dios.
También se repite el mandato de no consumir la sangre, sin importar dónde comieran la carne. El pasaje declara que la sangre es la vida y ordena derramarla sobre la tierra como si fuera agua. Aunque se ampliara la libertad respecto al lugar donde podían comer, el mandato relacionado con la vida permanecía sin cambios.
El criterio para ofrecer sacrificios era el mandato de Dios, no la opinión humana
En Deuteronomio 12, Dios estableció un lugar para los sacrificios con el fin de impedir que Israel imitara las prácticas de otras naciones o lo adorara según el criterio de cada persona. Los israelitas debían llevar las ofrendas señaladas al lugar elegido por Dios. Allí tenían que comer y celebrar junto con sus familias, sus siervos y los levitas. Podían comer la carne cotidiana en sus propias ciudades, pero debían respetar los límites establecidos respecto a la sangre y a las ofrendas sagradas.
El versículo 32 resume todo este desarrollo en una sola declaración: debían obedecer cuidadosamente todo lo que Dios les había mandado, sin añadir ni quitar nada. Hoy, anota una situación en la que hayas tomado como único criterio tu propia comodidad. Después, compárala con lo que realmente ordena el pasaje y corrige una acción concreta que no esté de acuerdo con él.
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