¿Por qué Deuteronomio 11 pone delante del pueblo la bendición y la maldición?
Deuteronomio 11 exhorta a recordar lo que Dios ha hecho, enseñar su palabra en la vida cotidiana y obedecer sus mandamientos ante la bendición y la maldición.
En Deuteronomio 11, la bendición y la maldición son dos resultados distintos, determinados por si Israel escucha los mandamientos de Dios o se aparta de su camino. Moisés no presenta esta elección como una advertencia vaga, sino que la explica a partir de las obras de Dios que el pueblo había presenciado y de las características de la tierra en la que estaba a punto de entrar. Deuteronomio 11 enseña que la palabra recordada debe estar presente en la vida diaria y ponerse en práctica.
Debían recordar lo que habían visto con sus propios ojos
Moisés se dirige a quienes habían presenciado acontecimientos que sus hijos no conocieron ni vieron. Ellos sabían de las señales y los prodigios que Dios había realizado en Egipto contra el faraón y todo su país. También habían visto cómo el mar Rojo cubrió a los caballos y carros del ejército egipcio que los perseguía.
Conservaban además el recuerdo de lo que Dios había hecho en el desierto. Entre esos acontecimientos estaba el momento en que la tierra se abrió y se tragó a Datán, Abiram y todo cuanto les pertenecía, en medio de Israel. Después de enumerar estos hechos, Moisés afirma que el pueblo había contemplado con sus propios ojos las grandes obras de Dios.
Este recuerdo no debía limitarse a evocar el pasado. El versículo 8 continúa con un «por tanto» y llama al pueblo a guardar todos los mandamientos. Quienes habían visto lo que Dios hizo con mano poderosa y brazo extendido, cómo cuidó al pueblo en el desierto y cómo trató la desobediencia dentro de la comunidad, debían decidir ahora cómo vivirían ante sus mandamientos.
La tierra prometida dependía de la lluvia del cielo
La tierra en la que Israel iba a entrar no era como Egipto. Allí, después de sembrar, regaban la tierra con sus pies como se riega una huerta. En cambio, la tierra que iban a poseer tenía montes y valles, y recibía el agua de la lluvia que descendía del cielo. Era una tierra que Dios cuidaba desde el comienzo hasta el final del año.
Esta diferencia daba lugar a dos resultados. Si el pueblo escuchaba los mandamientos de Dios y lo servía con todo su corazón y con toda su alma, las lluvias tempranas y tardías llegarían a su debido tiempo. Así podrían cosechar grano, vino y aceite; también crecería pasto para el ganado, y el pueblo comería hasta quedar satisfecho.
Pero si se dejaban seducir, servían a otros dioses y se inclinaban ante ellos, el cielo se cerraría. No caería lluvia y la tierra no produciría fruto. El pueblo podría desaparecer rápidamente de la buena tierra que Dios le había dado. Aun viviendo en una misma tierra, las consecuencias de escuchar los mandamientos y las de seguir a otros dioses serían claramente distintas.
Debían repetir la palabra en la vida cotidiana
Moisés ordena guardar estas palabras en el corazón y en el alma. También manda atarlas como una señal en las manos, llevarlas como una marca entre los ojos y escribirlas en los postes y las puertas de las casas. La palabra no debía quedar limitada a un lugar o un momento determinados.
Moisés precisa incluso cuándo debían enseñársela a sus hijos: al estar sentados en casa, al andar por el camino, al acostarse y al levantarse. Aunque los hijos no hubieran presenciado aquellos acontecimientos, podrían conocer las obras de Dios y los mandamientos que debían guardar al escuchar una y otra vez las palabras de sus padres. Así, los recuerdos de una generación seguirían transmitiéndose en la vida cotidiana de la siguiente.
La bendición y la maldición estaban ante el mandamiento que escuchaban ese día
Moisés declara que pone delante del pueblo la bendición y la maldición. Recibirían la bendición si escuchaban los mandamientos de Dios, pero la maldición si no los obedecían y seguían a otros dioses que no habían conocido. Después de cruzar el Jordán y tomar posesión de la tierra, Israel también debía proclamar la bendición sobre el monte Guerizín y la maldición sobre el monte Ebal.
Por tanto, el centro de Deuteronomio 11 no es únicamente que Israel recibiera la tierra. Lo esencial era que el pueblo que había presenciado las obras de Dios no separara esos recuerdos de su palabra y continuara obedeciendo sus mandamientos en la nueva tierra. Si hubiera que escoger una acción para poner en práctica hoy, podría ser volver a leer Deuteronomio 11 y escribir una frase de los versículos 18 al 20 para recordarla a lo largo del día. Colocar la palabra en un lugar visible nace directamente del mandato del pasaje de guardarla en el corazón, hablar de ella y enseñarla.
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