Deuteronomio 18: a quién escuchar y cómo discernir
Deuteronomio 18 establece la porción de los levitas, prohíbe la adivinación y ordena escuchar al profeta levantado por Dios, discerniendo sus palabras según su cumplimiento.
Deuteronomio 18 enseña que Israel no debía imitar las prácticas adivinatorias de otras naciones, sino escuchar la palabra que Dios comunicaría por medio del profeta que él levantaría. También ordena no creer automáticamente todo lo que alguien diga en nombre de Dios, sino discernir si sus palabras se confirman y se cumplen. Este hilo conductor se aprecia a lo largo de Deuteronomio 18:1-22.
Los levitas reciben la porción establecida en lugar de una heredad
Los versículos 1 al 8 se ocupan primero de la porción correspondiente a los sacerdotes y a los levitas. Toda la tribu de Leví, a diferencia de las demás tribus, no recibe parte ni heredad en medio de Israel. El pasaje afirma que el Señor mismo es su heredad.
Que no tengan una heredad no significa que carezcan de sustento. Cuando el pueblo sacrifique una res u oveja, deberá entregar al sacerdote la espaldilla, las quijadas y el cuajar. También deberá darle las primicias del grano, del vino y del aceite, así como la primera lana de las ovejas. Esto se debe a que Dios escogió a los levitas para que estuvieran delante de él y sirvieran en el nombre del Señor.
El levita que deje la ciudad donde residía y vaya al lugar escogido por Dios también podrá servir junto a los demás levitas que ya estén allí. Deberá recibir la misma porción que ellos. El pasaje no se limita a ordenar el servicio de los levitas, sino que determina de manera concreta lo que les corresponde recibir.
Israel no debe escuchar a los adivinos
A partir del versículo 9 se enumeran las prácticas que Israel no debía imitar al entrar en la tierra prometida. No debía permitir que nadie hiciera pasar a sus hijos por el fuego ni practicara la adivinación, los augurios, la hechicería, la magia, los encantamientos, el espiritismo o la evocación de los muertos. Los pueblos de aquella tierra escuchaban a quienes interpretaban presagios y practicaban la adivinación, pero Dios no permitió que Israel hiciera lo mismo.
El mandato del versículo 13, «Serás íntegro delante del Señor tu Dios», aparece precisamente en medio de estas prohibiciones. Por eso, no puede entenderse únicamente como una exigencia abstracta de perfección. Israel no debía recurrir a personas ni a prácticas prohibidas por Dios con el pretexto de conocer el futuro. La cuestión de a quién escuchar se presenta como parte de lo que significa vivir íntegramente delante del Señor.
Dios levanta al profeta que el pueblo debe escuchar
Dios no se limitó a entregar una lista de prohibiciones. En el versículo 15, Moisés declara que Dios levantaría de entre los hermanos de Israel un profeta como él y que el pueblo debía escucharlo. Esto se relaciona con lo ocurrido el día de la asamblea en el monte Horeb, cuando el pueblo, atemorizado por la voz de Dios y por el gran fuego, hizo una petición. Dios reconoció que lo que habían dicho estaba bien y prometió poner sus palabras en la boca del profeta.
El profeta no es alguien que transmite lo que desea decir. Debe comunicar al pueblo las palabras que Dios ponga en su boca y le ordene proclamar. El pueblo, por su parte, debe escucharlas y tendrá que responder si se niega a atender las palabras de Dios anunciadas en su nombre.
Sin embargo, el simple título de profeta no garantiza la autoridad de una persona. El profeta que hable en nombre de Dios algo que él no le haya mandado, o que hable en nombre de otros dioses, recibirá un juicio severo. El pasaje somete tanto al que habla como al que escucha a la autoridad del mandato divino.
Incluso las palabras pronunciadas en nombre de Dios se disciernen por su cumplimiento
El pueblo podía preguntarse: «¿Cómo sabremos si esa palabra procede del Señor?». El versículo 22 ofrece un criterio claro. Aunque un profeta hable en nombre del Señor, si lo anunciado no sucede ni se cumple, esa palabra no procede del Señor. El profeta la habrá dicho con presunción, por lo que el pueblo no deberá temerle.
El mensaje central de Deuteronomio 18 no consiste en seguir indiscriminadamente todo discurso religioso. Israel no debía buscar respuestas mediante prácticas prohibidas por Dios. Debía escuchar la palabra de Dios transmitida por el profeta que él levantara. Al mismo tiempo, tenía que comprobar si aquello que se decía en nombre de Dios llegaba realmente a cumplirse. Rechazar las palabras prohibidas y escuchar la palabra verdadera con discernimiento son mandatos inseparables.
Una acción concreta para hoy es volver a leer Deuteronomio 18 y señalar por separado «las palabras que no se deben escuchar», «las palabras que se deben escuchar» y «el criterio para discernirlas». Así podrás descubrir la respuesta del pasaje sobre a quién escuchar a través de sus mandatos concretos y sus resultados.
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