Éxodo 20 ordena cómo debe vivir el pueblo salvado
Éxodo 20 muestra cómo Dios, después de sacar a su pueblo de Egipto, le ordenó servirlo a él y tratar correctamente al prójimo.

El tema central de Éxodo 20 son los mandamientos que enseñan cómo debía vivir delante de Dios y del prójimo el pueblo que había salido de Egipto. Dios no comenzó dando órdenes, sino recordándoles quién era él: el Señor que los había liberado de la casa de servidumbre. Después de esta declaración del Dios salvador, el pasaje presenta mandatos concretos: debían adorarlo solo a él y no atentar contra la vida, la familia ni las posesiones de los demás.
Antes de dar los mandamientos, Dios recordó la salvación
Dios declaró: «Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre», y luego ordenó que no tuvieran otros dioses delante de él. Quien hablaba al pueblo era el Dios que ya lo había liberado de la esclavitud. Por eso, los mandamientos que siguen no son una lista de normas separada del éxodo. Son palabras que explican de manera concreta a quién debía adorar y cómo debía vivir el pueblo que había salido de Egipto.
Los primeros mandamientos delimitan con claridad a quién debían rendir culto. El pueblo no podía tener otros dioses fuera de Jehová. Tampoco debía hacer imágenes de lo que está en el cielo, en la tierra o debajo de las aguas para inclinarse ante ellas o adorarlas. También se prohibió tomar el nombre de Dios en vano. En los versículos 22 y 23, después de recordar que Dios habló desde el cielo, vuelve a aparecer el mandato de no fabricar dioses de plata ni de oro. La repetición de esta prohibición deja claro que el pueblo no debía colocar a Dios al mismo nivel que las imágenes hechas por sus propias manos.
Dios también estableció un contraste entre quienes lo aborrecen y quienes lo aman y guardan sus mandamientos. Por un lado, se encuentran las consecuencias del pecado; por otro, la misericordia que se extiende a millares. Servir a Dios no consiste en un sentimiento impreciso, sino que se manifiesta al rechazar a otros dioses y a los ídolos, y al obedecer sus mandamientos.
En el día de reposo descansaban todos los que vivían en la casa
Dios ordenó trabajar con empeño durante seis días y no realizar ninguna labor el séptimo. El descanso no estaba reservado para una sola persona. Tampoco debían trabajar los hijos y las hijas, los siervos y las siervas, los animales ni los extranjeros que vivieran dentro de las puertas de la ciudad.
El pasaje también explica la razón: Dios hizo en seis días los cielos, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y descansó el séptimo día. Por eso bendijo el día de reposo y lo santificó. Recordar este día no era simplemente el hábito personal de dejar de trabajar. Era un mandato para que la familia, los trabajadores, los extranjeros y hasta los animales de la casa interrumpieran sus labores en la misma jornada.
Dios prohibió tanto las acciones que dañan al prójimo como el deseo de poseer lo suyo
Dios ordenó honrar al padre y a la madre, y prohibió el asesinato, el adulterio y el robo. Tampoco se debía dar falso testimonio contra el prójimo. Finalmente, ordenó no codiciar la casa, la esposa, los siervos, los animales ni ninguna otra posesión del prójimo.
Esta secuencia no se limita a los delitos visibles. Prohíbe quitar una vida, destruir una familia, robar bienes y perjudicar a otra persona mediante la mentira. Después llega incluso al deseo interior de poseer lo que pertenece a otros. El pueblo no solo debía abstenerse de arrebatarle algo al prójimo con sus acciones, sino también de desear para sí lo que era suyo.
El pueblo tembló, pero Moisés se acercó a Dios
Al ver los truenos, los relámpagos, el sonido de la trompeta y el monte cubierto de humo, el pueblo tembló y se mantuvo a distancia. Entonces pidió a Moisés que les comunicara las palabras de Dios. Moisés explicó que Dios había descendido para probarlos y para que su temor estuviera delante de ellos, a fin de que no pecaran. Mientras el pueblo permanecía lejos, Moisés se acercó a la densa oscuridad donde estaba Dios.
Después de esto, Dios volvió a prohibir la fabricación de ídolos y dio instrucciones concretas para construir el altar. No debían hacer imágenes de plata ni de oro, sino ofrecer sacrificios sobre un altar de tierra o de piedras sin labrar. Temer a Dios no era únicamente reaccionar con miedo delante del monte. También implicaba evitar el pecado conforme a su palabra y acercarse a él de la manera que había establecido.
Hoy, ponga en práctica una acción concreta: no diga acerca de su prójimo nada que sea contrario a la verdad. Siguiendo el mandato de Éxodo 20:16, «No hablarás contra tu prójimo falso testimonio», compruebe que aquello que desea comunicar sea cierto y hable con honestidad.
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