¿Cómo determina Éxodo 21 la responsabilidad por los daños causados?
Analizamos las leyes de Éxodo 21 sobre los esclavos, las agresiones, el ganado y los pozos para comprender cómo se determinaban la libertad, la indemnización y la responsabilidad por actos intencionados o negligentes.

Éxodo 21 muestra cómo se determinaba la responsabilidad cuando una persona causaba daño a otra o a sus bienes. No todos los casos se trataban de la misma manera: la decisión dependía de si el daño había sido intencionado, de si podía haberse evitado y de cuáles habían sido sus consecuencias reales. Estos criterios quedan claros al examinar, uno por uno, los preceptos sobre los esclavos, las agresiones, el ganado y los pozos.
Los esclavos también tenían derecho a la libertad y a la protección
El esclavo hebreo debía servir durante seis años, pero al séptimo podía salir libre sin pagar nada. Si había llegado solo, solo se marchaba; si había llegado con su esposa, ella también salía con él. Si el esclavo declaraba que amaba a su amo, a su esposa y a sus hijos, y que no quería quedar libre, el amo no podía resolver el asunto por su cuenta. Debía llevarlo ante los jueces y seguir un procedimiento público.
Las normas relativas a las esclavas impedían que el amo incumpliera arbitrariamente la relación y las condiciones de vida prometidas. Si ella dejaba de agradarle, debía permitir que fuera rescatada y no podía venderla a extranjeros, pues habría faltado a su compromiso con ella. Si la había destinado para su hijo, debía tratarla como a una hija. Aunque tomara otra esposa, no podía privarla de alimento, vestido ni derechos conyugales. Si no cumplía estas tres obligaciones, ella podía marcharse libre sin pagar rescate alguno.
El amo tampoco podía considerar como una simple pérdida material el daño causado al ojo o a un diente de un esclavo o una esclava. Debía concederle la libertad como compensación por la lesión. Por tanto, las leyes sobre los esclavos no solo establecían cuánto tiempo debían servir, sino también cuándo podían recuperar la libertad y qué obligaciones debía cumplir el amo.
La responsabilidad por una agresión dependía de la intención y del resultado
Un homicidio premeditado no se trataba igual que una muerte involuntaria. Quien asesinaba deliberadamente a su prójimo debía ser llevado a la muerte, aunque se refugiara junto al altar. En cambio, para quien causaba una muerte sin haberla planeado se establecía un lugar al que podía huir. El texto no se limitaba a considerar que alguien había muerto, sino que distinguía si la acción había sido premeditada.
Si durante una pelea alguien golpeaba a otra persona y la dejaba postrada, había que comprobar si se recuperaba. Si el herido volvía a caminar apoyado en su bastón, quien lo había golpeado debía compensarlo por el tiempo perdido y hacerse cargo de su curación. Si una mujer embarazada quedaba atrapada en una pelea y perdía al hijo, pero no sufría ningún otro daño, el culpable debía pagar la multa exigida por el marido y aprobada por los jueces. Si se producía un daño mayor, la compensación debía corresponder a la pérdida sufrida: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano y pie por pie.
La expresión «ojo por ojo, diente por diente» aparece precisamente dentro de estas normas de indemnización. El texto no añadía castigos ajenos al perjuicio causado, sino que enumeraba compensaciones proporcionales al daño sufrido. La pérdida de tiempo del herido y los gastos necesarios para su recuperación también formaban parte de la responsabilidad.
La responsabilidad aumentaba cuando se desatendía un peligro evitable
Si un buey corneaba y mataba a alguien por primera vez, el animal debía morir apedreado, pero su dueño quedaba libre de culpa. Sin embargo, la situación cambiaba si el buey ya tenía la costumbre de cornear y el dueño, pese a haber sido advertido, no lo mantenía bajo control. En ese caso, tanto el buey como su dueño respondían por la muerte. Si se le permitía pagar un rescate, debía abonar la cantidad establecida.
Lo mismo ocurría cuando alguien dejaba abierto un pozo o cavaba uno y no lo cubría, provocando que un buey o un asno cayera dentro. Quien había abierto el pozo debía indemnizar al dueño del animal. Si alguien sabía que su buey tenía la costumbre de cornear y no lo vigilaba, y este mataba a otro buey, debía compensar la pérdida entregando un buey vivo. El capítulo contrapone repetidamente los peligros imprevisibles con aquellos que, aun siendo conocidos, no se evitaron.
Las leyes de Éxodo 21 no se limitan a señalar de forma vaga que alguien actuó mal después de producirse un daño. Determinan de manera concreta si debía concederse la libertad, cubrirse la curación y el tiempo perdido, pagarse una multa o restituirse lo perdido. El daño intencionado se distingue del accidente, y quien desatiende un peligro a pesar de haber sido advertido asume una responsabilidad mayor.
Una acción concreta que podemos realizar hoy es examinar con precisión el daño que hayamos causado a otra persona. En vez de limitarnos a pedir perdón de palabra, podemos preguntarnos si debemos devolver algo, repararlo o asumir algún coste. Al volver a leer Éxodo 21 y señalar quién era responsable de qué en cada caso, podremos comprender con mayor claridad los criterios que presenta el texto.
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