Cómo enseña Levítico 19 a vivir la santidad
Levítico 19 no limita la santidad a las normas de culto, sino que la concreta en acciones relacionadas con la cosecha, el salario, la justicia y el trato al prójimo y al extranjero.

En Levítico 19, la santidad no es una conducta extraordinaria separada de la vida cotidiana. Después de ordenar a toda la comunidad que sea santa, Dios da instrucciones concretas no solo acerca de los padres, el sábado y los sacrificios, sino también sobre la cosecha, el salario, la justicia, las palabras y las relaciones. Al recorrer Levítico 19, vemos que la santidad consiste en llevar las normas de Dios a la práctica en cada ámbito de la vida.
El mandato de ser santos fue dado a toda la comunidad
Dios le ordenó a Moisés que dijera a toda la comunidad de los israelitas: «Sean santos». Las instrucciones que siguen no estaban reservadas para unas pocas personas. Cada uno debía respetar a su madre y a su padre, y guardar el sábado. Tampoco debían recurrir a ídolos ni fabricar dioses de metal para sí mismos.
Cuando ofrecían un sacrificio de comunión, debían hacerlo de manera que fuera aceptado por Dios. La carne debía comerse dentro del plazo establecido y, si quedaba algo hasta el tercer día, había que quemarlo. No bastaba con haber presentado el sacrificio. Incluso la forma de tratar la ofrenda y el tiempo para consumirla debían ajustarse al mandato de Dios.
Así, el mandato del versículo 2 de ser santos se traduce de inmediato en acciones relacionadas con los padres, el sábado, los ídolos y las ofrendas. La actitud hacia Dios no se expresaba solo con palabras. Debía llegar hasta la obediencia concreta a las normas que él había establecido.
La santidad se manifestaba al no quedarse con todo
Dios ordenó que, al segar los campos, no se cosechara hasta el último rincón. Tampoco debían recogerse las espigas que hubieran caído. Del mismo modo, no había que vendimiar hasta el último fruto ni recoger las uvas caídas, sino dejarlas para los pobres y los extranjeros.
Quien cosechaba podía haber reclamado para sí todo lo producido en su campo, pero Dios determinó que una parte no debía recogerse. Así, los pobres y los extranjeros podían obtener alimento de lo que quedaba en los campos y viñedos. El mandato de ser santos incluía no aferrarse a todo lo que se poseía, sino dejar una parte para que otros pudieran tomarla.
A continuación, se prohíben el robo, el engaño, la mentira y los juramentos falsos. Tampoco se debía oprimir ni despojar al prójimo, ni retener hasta la mañana siguiente el salario de un jornalero. No apropiarse de lo ajeno y pagar a tiempo una remuneración justa forman parte de una misma enseñanza.
No se debía tratar a las personas de manera diferente según su poder
No se debía maldecir al sordo ni poner tropiezos delante del ciego. Al impartir justicia, no había que favorecer al pobre por ser pobre ni dar un trato preferente al poderoso, sino juzgar con justicia. Era un mandato a no aprovecharse de la debilidad de alguien, aunque le resultara difícil advertirlo o defenderse.
Las palabras y las actitudes del corazón también forman parte de esta enseñanza. Nadie debía andar difundiendo calumnias ni poner en peligro la vida de su prójimo. No había que alimentar odio contra un hermano, buscar venganza ni guardar rencor contra los compatriotas, sino amar al prójimo como a uno mismo. La santidad no se limitaba a evitar el daño exterior: también exigía renunciar al odio, la venganza y el resentimiento.
El mismo criterio reaparece en las instrucciones sobre los extranjeros. Israel no debía maltratar al extranjero que vivía entre ellos, sino considerarlo como a uno nacido en el país y amarlo como a sí mismo. En los versículos 9 y 10 se ordena dejar parte de la cosecha para el extranjero, y en los versículos 33 y 34 se manda no maltratarlo, sino amarlo. La responsabilidad hacia el extranjero se repite tanto en el ámbito de la cosecha como en la convivencia diaria.
«Yo soy el Señor» se repite entre los distintos mandatos
En Levítico 19 aparecen una y otra vez las declaraciones «Yo soy el Señor» y «Yo soy el Señor, su Dios». Se repiten al indicar qué parte de la cosecha debía dejarse, al prohibir la mentira y la opresión, y al enseñar cómo tratar a los ancianos y a los extranjeros. De este modo queda claro que todos esos mandatos, aunque parezcan diferentes entre sí, forman parte de una vida que honra a Dios y obedece sus normas.
Al final, Dios ordena no cometer injusticias en los juicios ni al medir longitudes, pesos o cantidades, sino utilizar balanzas, pesas y medidas exactas. Ni los criterios para juzgar a las personas ni los utilizados para medir los bienes debían variar según el poder o el beneficio propio. Por eso, la santidad no se manifiesta únicamente en los momentos de culto. También incluye qué dejamos para otros, cuándo pagamos un salario, a quién respetamos y con qué criterios juzgamos.
Podemos encontrar una acción concreta para hoy en esta misma enseñanza. Si has aplazado el pago de un salario o de alguna cantidad justa que debes entregar a alguien, procura pagarla hoy. También puedes volver a leer todo Levítico 19 y observar, punto por punto, hasta qué ámbitos de la vida cotidiana alcanza el mandato de ser santos.
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