¿Qué límites establecía Levítico 22 para las ofrendas sagradas y los sacrificios?
Levítico 22 distingue quién podía comer de las ofrendas sagradas y cuándo hacerlo, así como el estado de los sacrificios y la manera de presentarlos, para no profanar el santo nombre del Señor.

Levítico 22 ordena que las ofrendas sagradas y los sacrificios presentados al Señor no se traten de cualquier manera. Había que distinguir quién podía comer de las ofrendas sagradas y en qué momento, además de determinar el estado de los animales ofrecidos y la manera de presentarlos. Todos estos límites convergen en un mismo propósito: no profanar el santo nombre del Señor.
El sacerdote impuro debía esperar hasta quedar purificado
El Señor mandó a Aarón y a sus hijos que trataran con reverencia las ofrendas sagradas que los israelitas le consagraban. También les advirtió que cualquiera que se acercara a ellas estando impuro sería excluido de su presencia.
El sacerdote que padeciera lepra o tuviera una secreción corporal no podía comer de las ofrendas sagradas hasta quedar purificado. Lo mismo se aplicaba a quien hubiera tocado un cadáver o algún animal que lo hiciera impuro. La persona que quedaba impura debía esperar hasta el anochecer y lavar su cuerpo con agua. Solo después de la puesta del sol, una vez purificada, podía comer la porción sagrada que le correspondía.
Aunque las ofrendas sagradas formaran parte del sustento de los sacerdotes, estos no podían comerlas en cualquier momento. Incluso quien tenía derecho a ellas debía abstenerse si se encontraba impuro. El pasaje antepone la obediencia a los mandamientos del Señor al acto de comer de las ofrendas sagradas. La advertencia de que profanar lo consagrado podía hacerlos culpables y llevarlos a la muerte muestra la seriedad de este límite.
Solo las personas autorizadas podían comer de las ofrendas sagradas
Ni los extranjeros ni los huéspedes o jornaleros de un sacerdote podían comer de las ofrendas sagradas. En cambio, las personas compradas por el sacerdote y quienes habían nacido en su casa sí podían comer de su alimento. Si la hija de un sacerdote se casaba con alguien que no pertenecía a una familia sacerdotal, ya no podía comer de las ofrendas sagradas. Pero si quedaba sin hijos y regresaba a la casa de su padre, recuperando la condición que tenía en su juventud, podía volver a comer de la porción de su padre.
Estas normas muestran de manera concreta que las ofrendas sagradas no eran alimentos comunes. No estaban a disposición de cualquiera que quisiera tomarlas, sino que, después de ser consagradas al Señor, constituían la porción asignada a personas determinadas. Si alguien comía de ellas por error, el asunto no quedaba sin reparación: debía devolver al sacerdote el valor de lo consumido y añadir una quinta parte.
Los animales ofrecidos debían estar libres de defectos
A partir del versículo 18, el pasaje establece los límites aplicables a los animales presentados como holocaustos y sacrificios de comunión. Cuando se ofrecía un holocausto para cumplir un voto o como ofrenda voluntaria, debía escogerse un macho sin defecto de entre el ganado vacuno, las ovejas o las cabras. Un animal defectuoso no sería aceptado.
El texto enumera uno por uno diversos defectos, como la ceguera, las heridas, las mutilaciones y las llagas. Tampoco podía ofrecerse como alimento de Dios un animal recibido de un extranjero si tenía alguna imperfección o defecto. Ni siquiera una ofrenda voluntaria dependía únicamente de la buena intención de quien la presentaba: el sacrificio debía cumplir las condiciones establecidas por el Señor.
El ternero, el cordero o el cabrito recién nacido debía permanecer siete días con su madre y solo podía presentarse como ofrenda a partir del octavo día. También estaba prohibido sacrificar a la madre y a su cría el mismo día. El sacrificio de acción de gracias debía ofrecerse de manera que fuera aceptado, comerse ese mismo día y no dejar nada para el día siguiente. No solo el estado del animal, sino también la fecha y la forma de disponer del sacrificio debían ajustarse al mandato del Señor.
Todos los límites tenían como propósito no profanar el nombre del Señor
Al principio y al final del capítulo se repite el mandato de no profanar el santo nombre del Señor. Entre ambos extremos aparecen el sacerdote impuro que debía esperar y lavarse, la distinción de quién podía comer de las ofrendas sagradas, la elección de animales sin defecto y la obligación de ofrecer y comer los sacrificios en el momento señalado. La santidad no era un sentimiento indefinido, sino que se manifestaba en una obediencia concreta al tratar las ofrendas sagradas y los sacrificios.
El Señor se presentó como quien santificaba a Israel y como quien lo había sacado de Egipto para ser su Dios. Por eso, los israelitas no debían utilizar las ofrendas sagradas ni escoger los sacrificios según su propio criterio, sino obedecer los mandamientos del Señor que los había liberado.
Una acción práctica para hoy es volver a leer Levítico 22 y marcar por separado los «límites para comer de las ofrendas sagradas» y los «límites para presentar los sacrificios». Al anotar quién podía comer, en qué momento y qué clase de ofrenda podía ser aceptada, se puede observar cómo el mandato de no profanar el nombre del Señor da unidad a todo el capítulo.
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