Levítico 21 establece los límites del ministerio sacerdotal
Levítico 21 explica cómo se protegían el ministerio de los sacerdotes y los límites del santuario mediante normas sobre los muertos, el matrimonio, el sumo sacerdote y los defectos físicos.

Levítico 21 establece claramente los límites del ministerio sacerdotal, pues los sacerdotes eran quienes presentaban las ofrendas encendidas de Dios. Las normas abarcan desde el contacto con los muertos hasta el matrimonio y el acceso al santuario, porque los sacerdotes no debían profanar el nombre de Dios ni su santuario. El pasaje expone, en orden, los límites establecidos para los sacerdotes, el sumo sacerdote y los descendientes de Aarón que tenían algún defecto físico.
Los sacerdotes debían respetar límites establecidos incluso ante la muerte de familiares cercanos
El Señor ordenó a los sacerdotes, descendientes de Aarón, que no se contaminaran por causa de un muerto de su pueblo. Sin embargo, podían hacerlo por sus padres, sus hijos, sus hermanos o una hermana de sangre que aún no se hubiera casado. Había excepciones para los familiares cercanos, pero eso no significaba que pudieran participar de la misma manera ante la muerte de cualquier persona.
Los sacerdotes tampoco debían raparse la cabeza, recortarse los extremos de la barba ni hacerse heridas en el cuerpo. El pasaje explica enseguida la razón: debían ser santos para Dios porque presentaban las ofrendas encendidas del Señor, es decir, el alimento de su Dios. Las restricciones relacionadas con los muertos y los mandatos acerca del cuerpo estaban estrechamente vinculados con su labor de ofrecer sacrificios.
También se establecieron límites para el matrimonio. Los sacerdotes no debían casarse con una prostituta, una mujer deshonrada ni una mujer divorciada. Si la hija de un sacerdote se contaminaba prostituyéndose, deshonraba a su padre y debía afrontar una consecuencia severa. Incluso la vida privada del sacerdote y la conducta de su familia estaban relacionadas con la honra de su ministerio.
El pueblo de Israel también debía considerar santo al sacerdote, porque él presentaba el alimento de Dios. No solo correspondía al sacerdote obedecer las normas; el pueblo también debía reconocer que su ministerio estaba consagrado.
El sumo sacerdote debía someterse a límites aún más estrictos
El sumo sacerdote, ungido con el aceite de la unción y revestido con las vestiduras sagradas, recibió mandatos más estrictos que los demás sacerdotes. No debía descubrirse la cabeza ni rasgar sus vestidos. Tampoco podía acercarse a ningún cadáver ni contaminarse siquiera cuando murieran su padre o su madre.
El sumo sacerdote no debía salir del santuario ni profanar el santuario de su Dios. El pasaje señala como razón que llevaba sobre sí la consagración del aceite de la unción de Dios. La misión que había recibido y su responsabilidad de proteger la santidad del santuario determinaban los límites de su conducta.
Las normas matrimoniales también eran más restrictivas. El sumo sacerdote debía tomar por esposa a una virgen de su propio pueblo. No podía casarse con una viuda, una mujer divorciada, una mujer deshonrada ni una prostituta. El pasaje explica que no debía profanar a su descendencia entre su pueblo.
Comer de las ofrendas sagradas y acercarse al altar eran cosas distintas
La segunda mitad del pasaje se ocupa de los descendientes de Aarón que tenían algún defecto físico. Ellos no podían acercarse para presentar las ofrendas encendidas del Señor. Tampoco se les permitía entrar detrás del velo ni acercarse al altar. El texto reitera que el santuario no debía ser profanado.
Sin embargo, esto no significaba que no pudieran comer de las ofrendas sagradas de Dios. Podían comer tanto de las cosas santísimas como de las cosas santas. La restricción no los excluía de toda participación, sino que se aplicaba al ministerio de presentar el alimento de Dios, entrar detrás del velo y acercarse al altar. El pasaje distingue claramente entre lo que podían comer y las funciones que podían desempeñar.
El Señor, quien los santificaba, estableció las normas del ministerio
En estas disposiciones se repite una misma razón. El sacerdote debía ser santo porque presentaba el alimento de Dios y no podía profanar ni el nombre de Dios ni su santuario. Los límites del sumo sacerdote eran más estrictos que los de los demás sacerdotes porque había sido consagrado con el aceite de la unción y tenía la responsabilidad de proteger la santidad del santuario.
El pasaje también repite estas palabras: «Yo, el Señor, soy quien lo santifica». Ni los sacerdotes ni el sumo sacerdote definían la santidad según sus propios criterios. El ministerio encomendado por el Señor determinaba a quiénes podían acercarse, a qué lugares podían entrar y qué ofrendas podían presentar. Moisés comunicó fielmente estas órdenes no solo a Aarón y a sus hijos, sino también a todos los israelitas.
Una acción concreta para hoy es volver a leer Levítico 21 y marcar las expresiones «santo», «no profanar» y «no acercarse». Si junto a cada una anotas si el mandato se relaciona con los muertos, el matrimonio, el santuario o el altar, podrás ver con mayor claridad los límites del ministerio sacerdotal.
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