Números 17: ¿Por qué reverdeció la vara de Aarón?
Analizamos cómo, después de colocar las doce varas en el mismo lugar, solo la de Aarón echó brotes y dio fruto, y por qué fue guardada delante del arca del testimonio.
La vara de Aarón reverdeció como señal para revelar a quién había escogido Dios y poner fin a las murmuraciones de los israelitas en torno a esa elección. Números 17 ofrece una respuesta concreta: comienza con la orden de reunir doce varas y termina con la vara de Aarón guardada delante del arca del testimonio. No solo debemos fijarnos en lo que le sucedió a la vara, sino también en el proceso de colocar todas las varas en un mismo lugar y mostrárselas después al pueblo.
Los doce jefes entregaron una vara con su nombre
El Señor ordenó a Moisés que recibiera una vara de cada jefe de las tribus. Eran doce en total, y en cada una debía escribirse el nombre de su dueño. En la vara de Leví se escribió el nombre de Aarón.
Este procedimiento no dejaba lugar a dudas sobre la identidad de cada vara. Cada tribu entregó una, y el nombre de su dueño quedó claramente escrito. La vara de Aarón fue colocada junto con las otras once.
Moisés puso las varas en la tienda de reunión, delante del arca del testimonio. Dios había anunciado de antemano que la vara del hombre que él escogiera reverdecería. También declaró que, mediante esta señal, pondría fin a las murmuraciones de los israelitas contra Moisés y Aarón.
Por tanto, el significado no se atribuyó después de que la vara reverdeciera. Primero se anunció qué sucedería y qué indicaría aquel cambio. Las doce varas fueron colocadas en el mismo lugar, y el resultado se comprobó conforme al criterio establecido por Dios.
La vara de Aarón echó brotes y llegó a dar fruto
Al día siguiente, cuando Moisés entró en la tienda del testimonio, vio que la vara de Aarón había reverdecido. Había echado brotes, producido flores y dado almendras. El pasaje no se limita a decir que apareció un pequeño brote. Describe, en orden, cómo una vara seca manifestó distintas etapas de crecimiento hasta producir fruto.
Moisés no se guardó el resultado para sí. Sacó todas las varas de la presencia del Señor y las mostró a todos los israelitas. El pueblo pudo verlas directamente, y cada jefe recuperó la suya.
Esta comprobación pública completa el procedimiento inicial. Primero entraron juntas las doce varas, cada una identificada con un nombre. Al día siguiente, las doce volvieron a presentarse ante el pueblo, y todos pudieron comprobar el cambio ocurrido en la vara que llevaba el nombre de Aarón. La identificación de su dueño y el resultado visible para todos formaron una única señal.
La vara de Aarón permaneció como señal contra la murmuración
El Señor ordenó que la vara de Aarón fuera llevada de nuevo delante del arca del testimonio. No era un objeto que debía mostrarse una vez y desecharse, sino una señal que debía conservarse allí. En el versículo 5, Dios había dicho que haría cesar las murmuraciones mediante la vara que reverdeciera. En el versículo 10, ordenó guardarla para poner fin a las murmuraciones y evitar que el pueblo muriera.
El mismo propósito se repite al principio y al final de las instrucciones. Las doce varas se reunieron para hacer cesar las murmuraciones, y la vara que había reverdecido se conservó con ese mismo fin. La vara de Aarón quedó como testimonio permanente de que Dios ya había confirmado a quién había escogido.
Moisés colocó la vara de Aarón tal como el Señor se lo había ordenado. Al final del pasaje, los israelitas expresan su temor de morir si se acercan al tabernáculo. Su reacción muestra que comprendieron con seriedad que no cualquiera podía aproximarse al santuario. La cuestión de quién había sido designado por Dios y de cuáles eran los límites para acercarse a su presencia no se resolvía mediante rivalidades ni pretensiones humanas.
Una acción concreta para hoy es volver a leer Números 17 y marcar las frases en las que aparezcan las expresiones «vara», «murmuración» y «tal como el Señor lo había ordenado». Al seguir sus repeticiones, veremos con claridad que la vara que reverdeció no fue simplemente un objeto extraordinario, sino una señal conservada para confirmar la elección de Dios y poner fin a las murmuraciones.
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