¿Qué enseña Números 6 sobre los votos y la bendición?
Números 6 detalla las normas que debía observar el nazareo durante el tiempo de su voto y el rito para concluirlo, y declara que Jehová es quien bendice a Israel.
Números 6 explica con detalle lo que debía cumplir quien hacía un voto para consagrarse a Dios. También señala en nombre de quién bendecían los sacerdotes al pueblo y quién era realmente el que otorgaba la bendición. La consagración del nazareo se manifestaba durante un período determinado mediante actos concretos, mientras que la bendición de Israel procedía de Jehová.
El voto nazareo implicaba acciones concretas
Cuando un hombre o una mujer hacía el voto de nazareo, se apartaba y se consagraba a Jehová. No bastaba con expresar una decisión interior. Había conductas específicas que debía observar durante todos los días de su consagración.
El nazareo debía abstenerse del vino y de toda bebida fermentada. No podía beber vinagre de vino, vinagre de sidra ni jugo de uvas. Tampoco podía comer uvas frescas o secas, ni consumir nada procedente de la vid, desde las semillas hasta la piel. La enumeración detallada de estas prohibiciones deja claro que debía evitar por completo cualquier producto de la vid.
Tampoco debía pasar navaja sobre su cabeza. Tenía que dejar crecer su cabello hasta que se cumpliera el período de su consagración a Jehová. Ese cabello era la señal de que estaba dedicado a Dios. Además, durante todos los días de su consagración no podía acercarse a ningún cadáver. Ni siquiera debía contaminarse cuando murieran su padre, su madre, un hermano o una hermana.
Abstenerse de los productos de la vid, no cortarse el cabello y no acercarse a un cadáver eran obligaciones que se mantenían durante el mismo período. El pasaje se refiere varias veces a este tiempo como «todos los días de su consagración». La separación del nazareo no era una condición imprecisa, sino una forma de vida con límites que debía respetar mientras durara su voto.
Aun si quedaba impuro por accidente, debía seguir el procedimiento establecido
Si alguien moría repentinamente junto a un nazareo, el cabello que simbolizaba su consagración quedaba contaminado. Aunque no se hubiera acercado al cadáver de manera deliberada, no podía ignorar lo sucedido. Debía afeitarse la cabeza el séptimo día y, al octavo, llevar dos aves al sacerdote.
El sacerdote ofrecía una de ellas como sacrificio por el pecado y la otra como holocausto. Después, el nazareo volvía a consagrar su cabeza y comenzaba de nuevo el período dedicado a Jehová. También debía presentar un cordero de un año como ofrenda por la culpa. Puesto que había quedado impuro, los días anteriores no se tomaban en cuenta.
Esta norma muestra que el voto no se cumplía por el simple transcurso del tiempo. El nazareo debía conservar su estado de consagración durante todos los días establecidos. Si ese estado se quebrantaba, tenía que purificarse y comenzar de nuevo el período.
Al concluir el voto, presentaba ofrendas y se afeitaba la cabeza
Cuando se cumplían los días de su consagración, el nazareo se dirigía a la entrada del tabernáculo de reunión. Allí presentaba un holocausto, una ofrenda por el pecado y una ofrenda de paz, además de panes sin levadura, una ofrenda de cereal y libaciones. El sacerdote llevaba todo delante de Jehová y lo ofrecía según el orden establecido.
El nazareo se afeitaba la cabeza a la entrada del tabernáculo de reunión y ponía su cabello sobre el fuego que ardía debajo de la ofrenda de paz. El sacerdote colocaba parte del sacrificio y de los panes sin levadura en las manos del nazareo y los mecía como ofrenda delante de Jehová. Solo después de completar este rito podía volver a beber vino.
El voto asumido al principio debía cumplirse conforme a la ley establecida hasta el final. El versículo 21 insiste en que el nazareo debía observar la ley de su consagración «conforme a su voto». Un voto no era una declaración momentánea, sino una responsabilidad que abarcaba su comienzo, su duración y su conclusión.
El sacerdote bendecía al pueblo en el nombre de Jehová
A continuación, Jehová enseñó a Aarón y a sus hijos las palabras con las que debían bendecir a los hijos de Israel. Ellos pedían que Jehová bendijera y guardara al pueblo, que hiciera resplandecer su rostro sobre ellos y tuviera de ellos misericordia, y que alzara sobre ellos su rostro y les concediera paz.
El sacerdote no pronunciaba la bendición en su propio nombre ni por su propio poder. Bendecía a los hijos de Israel en el nombre de Jehová. Al final, Jehová afirmó: «Yo los bendeciré». El sacerdote era quien pronunciaba las palabras de bendición, pero Jehová era quien bendecía, protegía y concedía gracia y paz.
Lee hoy de nuevo Números 6 y marca las expresiones «todos los días de su consagración», «conforme a su voto» y «mi nombre». Si distingues entre la responsabilidad del nazareo y la obra de Jehová, podrás reconocer con claridad las dos líneas principales de este capítulo.
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