Por qué el becerro de oro fue un pecado tan grave para Israel
Analizamos cómo, en Éxodo 32, el pueblo fabricó un becerro de oro y le atribuyó lo que Dios había hecho, así como la intercesión de Moisés y la responsabilidad que aún permanecía.

El episodio del becerro de oro constituyó un pecado tan grave porque el pueblo abandonó el camino que Dios le había ordenado seguir y atribuyó las obras de Dios a una imagen hecha por sus propias manos. Éxodo 32 muestra cómo la impaciencia del pueblo dio paso a la fabricación y adoración del ídolo. También señala que, aunque la intercesión de Moisés evitó el castigo inmediato, la responsabilidad de quienes pecaron no desapareció.
El pueblo no quiso esperar y exigió un dios visible
El pueblo consideró que Moisés tardaba demasiado en bajar del monte. Por eso, le exigió a Aarón que les hiciera un dios que los guiara. Alegaron que no sabían qué había sido de Moisés, quien los había sacado de Egipto.
Aarón no se opuso a aquella exigencia. Les pidió que quitaran los pendientes de oro de las orejas de sus esposas, hijos e hijas y se los llevaran. Cuando todos entregaron sus pendientes, Aarón tomó el oro y fabricó con él la figura de un becerro.
La exigencia del pueblo no se quedó en palabras. Entregaron sus pendientes, Aarón hizo la imagen y ellos afirmaron que aquel era el dios que los había sacado de Egipto. Aarón construyó un altar delante del becerro y anunció que al día siguiente se celebraría una fiesta en honor del Señor. Después de ofrecer holocaustos y sacrificios de comunión, el pueblo se sentó a comer y beber, y luego se entregó a la diversión.
Aunque pronunciaban el nombre del Señor, ofrecían sacrificios ante un becerro hecho por ellos mismos. Atribuyeron al becerro la liberación de Egipto que Dios había realizado. La fabricación de la imagen, la adoración del becerro y las palabras con las que le adjudicaron la obra de Dios forman parte de una misma secuencia.
Dios declaró que se habían apartado muy pronto del camino que les había ordenado
Dios dijo que el pueblo se había corrompido y que era obstinado. En particular, señaló que se había apartado muy pronto del camino que Él le había ordenado seguir. El problema no consistía simplemente en haber dado cierta forma al oro. El pueblo hizo un becerro para sí, lo adoró y le ofreció sacrificios.
Cuando Moisés bajaba del monte, llevaba en sus manos las dos tablas del testimonio. Las tablas eran obra de Dios y las palabras grabadas en ellas también habían sido escritas por Dios. Sin embargo, al acercarse al campamento, Moisés vio el becerro y al pueblo danzando. Frente a Moisés, que descendía con las tablas escritas por Dios, aparecían la imagen fabricada por el pueblo y las personas que festejaban ante ella.
Moisés arrojó las tablas y las hizo pedazos. Después quemó el becerro, lo trituró hasta reducirlo a polvo, esparció el polvo sobre el agua e hizo que los israelitas la bebieran. El becerro al que habían llamado dios y habían adorado terminó destrozado y convertido en polvo por las manos de Moisés.
La explicación de Aarón no coincidía con lo que se había narrado antes
Cuando Moisés le pidió cuentas, Aarón habló de la maldad del pueblo. Explicó que ellos le habían exigido que les hiciera un dios y que él se había limitado a recibir el oro y arrojarlo al fuego, de donde había salido el becerro.
Sin embargo, al comienzo del relato se afirma que Aarón recibió los pendientes, trabajó el oro con una herramienta y fabricó la figura del becerro. También construyó un altar y proclamó una fiesta. Moisés consideró que Aarón había permitido que el pueblo se desenfrenara y quedara expuesto a la burla de sus enemigos. El hecho de que el pueblo hubiera formulado aquella exigencia no anulaba las acciones que Aarón realizó personalmente.
Aquel día, los descendientes de Leví recorrieron el campamento conforme a las instrucciones de Moisés, y murieron unas tres mil personas. El pasaje no presenta el episodio del becerro de oro como una equivocación sin importancia. Al día siguiente, el propio Moisés les dijo con toda claridad: «Ustedes han cometido un gran pecado».
Moisés intercedió, pero la responsabilidad por el pecado permaneció
Mientras aún estaba en el monte, Moisés le rogó a Dios que no descargara su ira sobre el pueblo al que había sacado de Egipto con gran poder y mano fuerte. También recordó el juramento que Dios había hecho a Abraham, Isaac e Israel. Entonces Dios desistió del castigo que había anunciado contra su pueblo.
Después de ver el becerro de oro, Moisés volvió a subir hasta Dios. No ocultó el pecado del pueblo, sino que reconoció que había cometido un gran pecado al hacerse un dios de oro. Le pidió que lo perdonara y llegó a decir que, si no lo hacía, borrara también su propio nombre del libro de Dios.
Dios respondió que borraría de su libro a quien hubiera pecado contra Él. Ordenó a Moisés que continuara guiando al pueblo, pero advirtió que, cuando llegara el momento de pedir cuentas, castigaría aquel pecado. Al final del capítulo también se afirma que Dios hirió al pueblo porque había hecho el becerro fabricado por Aarón.
La intercesión de Moisés evitó que el castigo cayera de inmediato sobre el pueblo, pero no convirtió la fabricación del becerro de oro en un hecho inexistente. Mediante las consecuencias de este episodio, Éxodo 32 enseña que una espera prolongada no justifica apartarse de los mandamientos de Dios y que atribuir la iniciativa a otras personas tampoco elimina la responsabilidad por los propios actos.
Si hoy hay alguna decisión que deseas tomar con prisa, antes de llevarla a cabo comprueba si contradice algún mandato de Dios que ya conoces. También puede ser útil volver a leer Éxodo 32 y observar, paso a paso, qué palabras y acciones llevaron al pueblo a apartarse del camino que se le había ordenado seguir.
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