Por qué Deuteronomio 4 llama a recordar y obedecer
Deuteronomio 4 explica por qué Israel debía recordar lo que había visto y oído de Dios, no fabricar ídolos y obedecer su palabra sin añadir ni quitar nada.
El mensaje central de Deuteronomio 4 es que Israel no debía olvidar lo que Dios había hecho y debía obedecer fielmente los mandamientos recibidos. Moisés exhorta al pueblo que está a punto de entrar en la tierra prometida a escuchar y cumplir los estatutos y decretos. La razón de este mandato se hace evidente al seguir el contraste entre «recordar», «la palabra» y «las imágenes», que se repite a lo largo del capítulo.
Obedecer la palabra estaba ligado a la vida
Moisés comienza diciendo que, si el pueblo escucha y cumple los estatutos y decretos, vivirá, entrará en la tierra que Dios le da y tomará posesión de ella. No debía añadir nada a los mandamientos ni quitarles nada. En vez de adaptarlos a sus preferencias, debía obedecerlos tal como Dios los había ordenado.
Lo sucedido en Baal Peor ofrecía un ejemplo concreto de este mandato. Quienes siguieron a Baal Peor fueron exterminados, mientras que quienes permanecieron fieles al Señor seguían con vida. Moisés no presentó la obediencia y la desobediencia como una enseñanza abstracta, sino que señaló la diferencia entre la muerte y la supervivencia que el propio pueblo ya había presenciado.
Cumplir los estatutos y decretos mostraría la sabiduría y el entendimiento de Israel ante las demás naciones. Cuando otros pueblos conocieran estas leyes, reconocerían a Israel como un pueblo sabio. Moisés también recordó que Dios estaba cerca cada vez que lo invocaban y que los estatutos y decretos de esta ley eran justos. La sabiduría de Israel no procedía de ideas inventadas por ellos, sino de obedecer la palabra del Dios que permanecía cerca de su pueblo.
No debían representar lo que nunca habían visto
Moisés ordena al pueblo que tenga cuidado y guarde diligentemente su corazón. No debía olvidar lo que había vivido en el monte Horeb, sino contárselo a sus hijos y nietos. Aquel día, el pueblo vio fuego, nubes y una profunda oscuridad, y oyó la voz de Dios que salía de en medio del fuego. Sin embargo, no vio ninguna figura.
Este contraste conduce al mandato de no fabricar ídolos. El pueblo no debía tallar figuras de hombres o mujeres, animales, aves, criaturas que se arrastran ni peces. Tampoco debía dejarse seducir por el sol, la luna y las estrellas hasta llegar a adorarlos. Dios había hablado al pueblo, pero no se había mostrado bajo ninguna forma visible. Por eso, representar a Dios mediante una criatura visible o rendirle culto no concordaba con lo que el pueblo realmente había visto y oído.
Dios había sacado a Israel de Egipto para convertirlo en el pueblo de su heredad. Pero si el pueblo olvidaba el pacto y fabricaba ídolos, no permanecería mucho tiempo en la tierra prometida, sino que sería dispersado entre las naciones. Allí serviría a dioses de madera y piedra, hechos por manos humanas, que no pueden ver, oír, comer ni oler. El contraste es evidente: frente al Dios que habló desde el fuego aparecen unos ídolos incapaces de hacer nada.
Aun después de olvidar, quedaba un camino para volver a Dios
La advertencia de Moisés no termina con la destrucción. Si, desde los lugares donde hubiera sido dispersado, el pueblo buscaba a Dios con todo su corazón y con toda su alma, lo encontraría. Cuando en medio de la angustia regresara a Dios y escuchara su voz, él no lo abandonaría ni lo destruiría, porque no olvidaría el pacto que juró a sus antepasados.
Israel había oído la voz de Dios desde el fuego y, aun así, había sobrevivido. Dios había sacado a una nación de en medio de otra mediante señales, prodigios, guerra y mano poderosa. Había expulsado a pueblos más fuertes para entregar su tierra a Israel. Después de recordar estos hechos, Moisés pide al pueblo que reconozca y tenga presente que el Señor es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra, y que no hay otro. Recordar lo que Dios había hecho en el pasado daba al pueblo una razón para obedecer sus mandamientos en el presente.
Una acción concreta que puedes realizar hoy es volver a leer Deuteronomio 4 y anotar por separado lo que Dios hizo y lo que ordenó al pueblo. Junto a hechos como haberlos sacado de Egipto, haberles hablado desde el fuego y no olvidar su pacto, escribe mandatos como «escuchen y obedezcan», «no fabriquen imágenes» y «enséñenselo a sus hijos». La memoria de la que habla este pasaje no se limita a recordar el pasado, sino que conduce a obedecer fielmente la palabra recibida.
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