Cómo transforman los Diez Mandamientos la vida de un pueblo que fue esclavo
Deuteronomio 5 enseña que Israel, después de haber sido esclavo en Egipto, debía escuchar el pacto de Dios y vivir protegiendo el descanso, la vida y los bienes del prójimo.
Los Diez Mandamientos de Deuteronomio 5 muestran cómo debía vivir Israel después de haber sido liberado de la esclavitud en Egipto. Antes de pronunciar sus mandamientos, Dios se presentó como el Señor que había sacado a Israel de la casa de servidumbre. Este capítulo enseña cómo debe vivir delante de Dios y del prójimo un pueblo que recuerda esa liberación.
El pacto debía ser obedecido por quienes estaban vivos en aquel momento
Moisés convocó a todo Israel y le pidió que escuchara los estatutos y decretos. No bastaba con oírlos: debían aprenderlos y ponerlos por obra. El pacto establecido en Horeb no era una historia del pasado que concerniera únicamente a sus antepasados. Moisés afirmó que había sido establecido «con nosotros todos los que estamos aquí hoy vivos».
La palabra que Israel debía escuchar no podía quedar reducida a un relato antiguo. Era un pacto que el pueblo de aquel tiempo debía aprender y obedecer. Por eso, el mandato del versículo 1 —«oídlos, aprendedlos y guardadlos, para ponerlos por obra»— vuelve a aparecer en los versículos 32 y 33. No debían apartarse ni a la derecha ni a la izquierda, sino andar por todo el camino que Dios les había ordenado.
Dios habló de la liberación antes que de los mandamientos
Al comenzar los Diez Mandamientos, Dios recordó que había sacado a Israel de Egipto, de la casa de servidumbre. Israel no debía tener otros dioses delante de aquel que lo había liberado. Tampoco debía fabricar imágenes para inclinarse ante ellas o servirlas, ni tomar en vano el nombre de Dios.
Estos mandamientos dejaban claro a quién debía obedecer Israel. Puesto que Dios era quien lo había sacado de la casa de servidumbre, el pueblo no podía servir a otros dioses ni a imágenes hechas por sus propias manos. El amor a Dios no se presentó como un sentimiento impreciso. El versículo 10 relaciona a quienes aman a Dios con quienes guardan sus mandamientos.
En el día de reposo, los siervos descansaban igual que sus amos
Israel debía trabajar durante seis días y guardar el séptimo como día de reposo dedicado a Dios. Aquel día no descansaba solamente el dueño de la casa. También debían hacerlo sus hijos e hijas, sus siervos y siervas, sus bueyes, sus asnos, todo su ganado y los extranjeros que vivieran dentro de sus ciudades. Dios destacó especialmente que los siervos y las siervas debían descansar igual que sus amos.
La razón estaba estrechamente ligada al pasado de Israel como esclavo en Egipto. Dios lo había sacado de allí con mano fuerte y brazo extendido. Por tanto, el descanso que recordaba su antigua esclavitud no podía limitarse al bienestar propio. Era un día en el que también debían permitir descansar a quienes estaban bajo su autoridad.
Los mandamientos impedían hacer daño al prójimo
Después del mandato de honrar a los padres aparecen las prohibiciones contra el homicidio, el adulterio, el robo y el falso testimonio. También se prohibía codiciar la esposa, la casa, el campo, los siervos, los animales o cualquier otro bien del prójimo. El límite no se establecía únicamente ante el acto de arrebatar o hacer daño, sino también ante el deseo de apropiarse de lo ajeno.
Los Diez Mandamientos no separaban el servicio a Dios del trato hacia las personas. El pueblo que no debía tener otros dioses tenía también que honrar a sus padres y respetar la vida, las relaciones y los bienes de sus vecinos. Después de salir de Egipto, no podía regresar a una forma de vida en la que solo descansaran los poderosos mientras los débiles seguían trabajando, ni a otra basada en codiciar y arrebatar lo que pertenecía al prójimo.
La promesa de escuchar debía convertirse en una vida de obediencia constante
El pueblo oyó la voz de Dios en medio del fuego y sintió temor. Entonces pidió que Moisés escuchara las palabras de Dios y se las transmitiera, prometiendo que ellos las escucharían y obedecerían. Dios reconoció que sus palabras eran correctas, pero también expresó su deseo de que conservaran siempre ese mismo corazón, lo temieran y guardaran todos sus mandamientos.
No bastaba con decir una sola vez: «Lo haremos». Moisés debía enseñar los mandamientos, estatutos y decretos, y el pueblo debía ponerlos en práctica en la tierra prometida. Una acción concreta para hoy es volver a leer Deuteronomio 5 y marcar las expresiones que se repiten: «escuchar y obedecer» y «recordar que fuiste esclavo». Así podremos reconocer con claridad que los Diez Mandamientos abarcan la adoración, el descanso, las relaciones familiares y la manera en que el pueblo redimido trata a sus semejantes.
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