Por qué Israel no podía decir que había recibido la tierra por su propia justicia
Deuteronomio 9 explica, mediante las repetidas rebeliones de Israel en el desierto y la intercesión de Moisés, que la conquista de Canaán no se debió a la justicia del pueblo.
Deuteronomio 9 afirma con claridad que Israel no recibiría la tierra de Canaán por su propia justicia. Dios expulsaría a aquellas naciones debido a su maldad y para cumplir el juramento que había hecho a los antepasados de Israel. Para dejar esto fuera de toda duda, Moisés recuerda las numerosas ocasiones en que el pueblo se rebeló contra Dios en el desierto.
La victoria sobre ciudades fortificadas no fue mérito de Israel
En la tierra que Israel estaba a punto de ocupar había naciones más grandes y poderosas que ellos. Sus ciudades eran enormes y estaban amuralladas hasta el cielo. Allí también vivían los descendientes de Anac, de quienes se decía que nadie podía hacerles frente. Considerando únicamente las fuerzas de Israel, conquistar aquella tierra parecía imposible.
Sin embargo, Dios prometió ir delante de ellos como fuego consumidor y derrotar a sus enemigos. Israel avanzaría después para expulsarlos. El propio orden de la victoria impedía que el pueblo se atribuyera el triunfo a su capacidad o a sus méritos.
Moisés les advierte que, después de vencer, no debían sacar una conclusión equivocada en su interior. Israel no podía decir que Dios le había permitido poseer aquella tierra «por su justicia». Moisés insiste una y otra vez en lo mismo: no recibirían la tierra por ser justos ni por tener un corazón recto.
El pasaje presenta dos razones. Dios expulsaría a las naciones de aquella tierra debido a su maldad. Al mismo tiempo, cumpliría el juramento que había hecho a Abraham, Isaac y Jacob. La tierra que Israel iba a recibir no era un premio que demostrara su rectitud.
Las rebeliones en el desierto revelaron cómo era realmente Israel
Después de llamar a Israel «pueblo de dura cerviz», Moisés le ordena no olvidar las ocasiones en que provocó la ira de Dios en el desierto. Desde el día en que salieron de Egipto hasta llegar allí, se habían rebelado constantemente contra él. No se trataba de una exhortación general a ser humildes, sino de recordar hechos concretos que demostraban que no podían atribuirse ninguna justicia propia.
En Horeb, Moisés permaneció cuarenta días y cuarenta noches en el monte para recibir las dos tablas del pacto escritas por Dios. Entretanto, el pueblo se apartó rápidamente del camino que Dios le había ordenado seguir y fabricó un becerro como ídolo. Cuando Moisés descendió del monte, vio lo que habían hecho y quebró las dos tablas delante de ellos, un acto que reflejaba cómo el pueblo había quebrantado el pacto.
Moisés volvió a postrarse ante Dios durante cuarenta días y cuarenta noches, pues el Señor estaba tan indignado que pensaba destruir al pueblo. Moisés también intercedió por Aarón. El becerro que habían fabricado fue quemado, triturado hasta quedar reducido a un polvo fino y esparcido en el arroyo que descendía del monte. El pecado de fabricar aquel ídolo no quedó en una simple reprensión verbal.
La rebelión no terminó en Horeb. En Taberá, Masá y Kibrot-hataava, el pueblo también provocó la ira de Dios. En Cades-barnea no creyó ni obedeció el mandato de tomar posesión de la tierra que Dios le había dado. Moisés resume que, desde el día en que los conoció, siempre se habían rebelado contra Dios. La repetición de lugares y acontecimientos impide pensar que Israel fuera un pueblo justo y merecedor de aquella tierra.
La intercesión de Moisés tampoco se apoyó en los méritos del pueblo
Cuando Moisés rogó a Dios que no destruyera al pueblo, no apeló a su bondad. Recordó que era el pueblo al que Dios había sacado de Egipto con su gran poder y su mano fuerte. Le pidió que se acordara de Abraham, Isaac y Jacob, y presentó a Israel como la heredad del Señor, rescatada con su gran poder y su brazo extendido.
El hilo argumental de Deuteronomio 9 es claro. Delante de Israel había naciones poderosas a las que difícilmente podía enfrentarse; detrás quedaba una larga historia de repetidas rebeliones. En medio de todo ello, Dios expulsaría a las naciones malvadas y cumpliría el juramento hecho a los antepasados de Israel. Por eso, al contemplar la tierra recibida, Israel no podía concluir que la había obtenido por su propia justicia.
Una acción concreta que puedes realizar hoy es volver a leer Deuteronomio 9 y anotar, por un lado, los lugares donde Israel se rebeló y, por otro, las razones a las que Moisés apeló al interceder por el pueblo. Al comparar los acontecimientos narrados en el pasaje, podrás ver de manera concreta que no fueron los méritos de Israel, sino la palabra y la obra de Dios, lo que ocupó el primer lugar.
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