¿Por qué Israel desobedeció ambas órdenes?
Deuteronomio 1 contrapone dos momentos: Israel se negó a subir cuando recibió la orden de hacerlo y, más tarde, desobedeció también la orden de no subir.
Al principio, Israel no confió en Dios y desobedeció la orden de subir. Después, aunque se le advirtió que sería derrotado, desobedeció la orden de no subir. Deuteronomio 1 relata una tras otra estas dos rebeliones ocurridas en Cades-barnea. Al compararlas, queda claro que actuar según el propio criterio no es lo mismo que escuchar el mandato de Dios.
No subieron, aunque recibieron un informe favorable sobre la tierra
Moisés comienza recordando que, después de que Israel permaneciera mucho tiempo en el monte Horeb, Dios le ordenó ponerse en marcha y cambiar de rumbo. La tierra que había jurado dar a sus antepasados estaba ante ellos, y debían entrar y tomar posesión de ella.
Israel partió del monte Horeb, atravesó aquel desierto grande y temible y llegó a Cades-barnea. Allí, Moisés les dijo que la tierra estaba ante ellos y que debían subir para conquistarla. También les pidió que no tuvieran miedo ni se desanimaran.
A petición del pueblo, doce hombres, uno de cada tribu, fueron a explorar la tierra. Al regresar, mostraron los frutos que habían traído del valle de Escol e informaron que la tierra que Dios les daba era buena. Ya habían comprobado que la tierra era buena y también habían recibido la orden de subir.
Sin embargo, el pueblo no quiso hacerlo. Dentro de sus tiendas murmuraron que Dios los odiaba y que los había sacado de Egipto para entregarlos en manos de los amorreos. Al oír hablar de un pueblo numeroso, de ciudades con murallas elevadas y de los descendientes de Anac, se desanimaron. Dejaron que el miedo pesara más que el buen informe sobre la tierra y terminaron desobedeciendo el mandato de Dios.
Ni siquiera el camino recorrido logró disipar su temor
Moisés dijo al pueblo que no temiera a los amorreos. Les recordó lo que Dios había hecho en Egipto y cómo los había conducido por el desierto hasta aquel lugar. Durante todo el camino, Dios había llevado a su pueblo como un padre lleva a su hijo. De noche los guiaba con fuego y de día con una nube; además, iba delante de ellos para indicarles el camino y buscar un lugar donde acampar.
Antes de llegar a su destino, el pueblo ya había recibido ayuda. No solo veía la tierra que tenía delante, sino que también había experimentado una y otra vez la guía de Dios durante el camino. Aun así, no confió en él. El versículo 32 señala precisamente esta falta de fe como la causa de la primera rebelión.
Dios declaró que aquella generación no vería la buena tierra. Caleb, que lo había seguido de todo corazón, sí la vería, pero el resto del pueblo tendría que cambiar de rumbo y adentrarse en el desierto por el camino del mar Rojo. Josué y los niños que entonces todavía no sabían distinguir entre el bien y el mal entrarían más adelante en aquella tierra.
Esta vez desobedecieron la orden de no subir
Después de reconocer que habían pecado, los israelitas se armaron y dijeron que subirían a la región montañosa para combatir. Antes se habían negado a subir cuando recibieron la orden; ahora estaban dispuestos a hacerlo. Sus palabras y acciones parecían haber cambiado, pero el mandato de Dios ya no era el mismo.
Dios les ordenó que no subieran ni lucharan. También les advirtió que serían derrotados por sus enemigos, porque él no estaría con ellos. Pero el pueblo no escuchó y subió con arrogancia a la región montañosa. Los amorreos los persiguieron como un enjambre de abejas y los derrotaron hasta Horma.
La primera rebelión consistió en detenerse ante la orden de subir. La segunda consistió en avanzar ante la orden de no subir. Aunque tomaron direcciones opuestas, ambas acciones tuvieron algo en común: el pueblo no escuchó el mandato que Dios le había dado en ese momento. Reconocer su pecado y llorar por él no convirtió por sí solo su desobediencia en obediencia.
Una acción concreta que puedes realizar hoy es leer Deuteronomio 1 y anotar, una al lado de la otra, las dos órdenes y las respuestas del pueblo. Escribe «Suban y tomen posesión de la tierra» y «No suban», y añade una frase que describa cómo reaccionó el pueblo ante cada mandato. Así podrás comprobar de manera concreta que obedecer no consiste en avanzar en la dirección que uno considera correcta, sino en escuchar la palabra recibida en el presente y seguirla tal como ha sido dada.
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