Levítico 18 establece los límites de las relaciones mediante los estatutos de Dios
Levítico 18 ordena no seguir las costumbres de Egipto ni de Canaán, sino respetar los límites establecidos por Dios en las relaciones familiares y con el prójimo.

El mensaje central de Levítico 18 es que las relaciones deben regirse por los estatutos de Dios y no por las costumbres del entorno. Dios ordenó a Israel que no siguiera ni las prácticas de Egipto, de donde había salido, ni las de Canaán, la tierra en la que iba a entrar. Levítico 18 señala de manera concreta los límites que no deben traspasarse entre familiares y otras personas, y explica qué consecuencias recaen sobre las personas y la tierra cuando se quebrantan estos mandamientos.
Seguimos los estatutos de Dios, no las costumbres de aquellas dos tierras
Dios comienza declarando: «Yo soy el Señor su Dios». A continuación, ordena que no se sigan ni las costumbres de Egipto ni las de Canaán. Las prácticas del lugar donde Israel había vivido no debían ser su norma, pero tampoco las de la tierra donde viviría en adelante.
Después de rechazar las costumbres de ambas regiones, Dios manda: «Pondrán por obra mis decretos y guardarán mis estatutos». El contraste entre lo que no se debe seguir y lo que sí se debe obedecer es evidente. Dios afirma que quien cumpla sus estatutos y decretos vivirá por ellos. Los mandamientos de este capítulo no toman como referencia lo que la gente de aquella época hacía habitualmente, sino aquello que Dios había ordenado guardar.
Dios establece límites al nombrar cada relación familiar
A partir del versículo 6 se repite, respecto de distintas relaciones, el mandato de no acercarse a un pariente cercano para descubrir su desnudez. Se menciona sucesivamente a la madre y la madrastra, la hermana y la nieta, la tía paterna y la materna, la esposa de un tío, la nuera y la esposa de un hermano. Dios no se limita a prohibir en términos generales las relaciones con parientes cercanos, sino que identifica cada vínculo familiar y establece la prohibición correspondiente.
El texto aclara cada relación con expresiones como «es tu madre», «es tu hermana», «parienta de tu padre» y «esposa de tu hijo». Así, no presenta a la persona únicamente como objeto de deseo, sino que recuerda quién es dentro de los lazos familiares ya existentes. Tomar a una mujer junto con su hija, su nieta o su nieta materna se define como una perversidad, porque son parientes cercanas. También se prohíbe tomar como esposa a la hermana de la propia mujer mientras esta viva, provocando rivalidad entre ambas.
Estas prohibiciones reiteradas muestran de manera concreta que cada relación tiene sus límites. El hecho de formar parte de una familia no significa que cualquier acercamiento sea lícito. Dios identifica cada vínculo familiar y marca una línea que no debe cruzarse.
Las prohibiciones no se limitan al ámbito familiar
El pasaje prohíbe mantener relaciones con la esposa de otra persona y declara que hacerlo contamina a quien lo practica. Entregar a los hijos a Moloc para hacerlos pasar por el fuego se considera una profanación del nombre de Dios. También se prohíben las relaciones sexuales entre varones y entre seres humanos y animales.
Una misma expresión se repite en esta sección: nadie debe «contaminarse» con tales actos. El mandamiento parte de los límites dentro de la familia y se extiende al matrimonio ajeno, al trato dado a los hijos y a los límites sexuales entre personas o entre seres humanos y animales. El texto no presenta la transgresión de las relaciones como una mera elección personal, sino como una conducta prohibida delante de Dios.
La maldad persistente deja consecuencias sobre las personas y la tierra
A partir del versículo 24 se exponen las consecuencias de desobedecer estos mandamientos. Los pueblos que habitaban aquella tierra antes que Israel se contaminaron con tales prácticas, y la tierra misma quedó contaminada. Dios castigó su maldad, y el pasaje expresa esta consecuencia diciendo que la tierra vomitó a sus habitantes.
Por eso, estos mandamientos no debían ser observados únicamente por los israelitas. También los extranjeros que residieran entre ellos tenían que guardar los estatutos y decretos de Dios, sin cometer ninguna de las prácticas prohibidas. Asimismo, se anuncia que quien incurriera en alguna de ellas sería eliminado de entre su pueblo. Si Israel imitaba las mismas costumbres aun después de ver cómo los habitantes anteriores habían sido expulsados, tampoco podría escapar de idénticas consecuencias.
Levítico 18 responde que una práctica no puede convertirse en norma solo porque se repita en la sociedad. Dios reitera al principio, en medio y al final del capítulo: «Yo soy el Señor su Dios». Entre estas declaraciones presenta los límites que deben respetarse en las relaciones y las consecuencias de quebrantarlos.
Una acción concreta que podemos poner en práctica hoy es dejar de justificar nuestras decisiones diciendo: «Los demás también lo hacen». Ante cualquier decisión relacionada con nuestros vínculos, examinemos primero si contradice los mandamientos de Dios. El criterio que Levítico 18 establece una y otra vez no son las costumbres conocidas, sino los estatutos de Dios.
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