Cómo trata Levítico 4 el pecado cuando se llega a reconocer
Levítico 4 explica qué sacrificio por el pecado debían ofrecer el sacerdote, toda la congregación, un jefe y una persona del pueblo cuando reconocían un pecado cometido por error, y cómo recibían el perdón.

Levítico 4 enseña que, aun cuando un pecado se haya cometido sin darse cuenta, no debe pasarse por alto una vez reconocido. El capítulo describe, en este orden, los sacrificios por el pecado que debían ofrecer el sacerdote ungido, toda la congregación de Israel, un jefe y una persona del pueblo. Aunque la posición de cada uno y la ofrenda requerida eran diferentes, se repite el mismo proceso: quien reconocía su pecado llevaba un animal, el sacerdote hacía expiación y la persona recibía el perdón.
Cuando salía a la luz un pecado cometido por error, se ofrecía un sacrificio por el pecado
El Señor comenzó diciendo: «Si alguna persona peca por yerro en alguno de los mandamientos del Señor sobre cosas que no se han de hacer». El pecado del que trata Levítico 4 consiste en quebrantar uno de los mandamientos que el Señor había prohibido. Aunque no se describe como un acto deliberado, la culpa no desaparecía por el hecho de haber pecado sin saberlo.
Si el sacerdote ungido pecaba, haciendo culpable al pueblo, debía ofrecer un becerro sin defecto. Tenía que llevarlo ante el Señor, a la entrada del tabernáculo de reunión, poner la mano sobre su cabeza y degollarlo delante del Señor. Después llevaba la sangre al interior del tabernáculo, la rociaba siete veces delante del velo del santuario y untaba con ella los cuernos del altar del incienso. La sangre restante se derramaba al pie del altar del holocausto. La grasa se quemaba sobre ese altar, mientras que el resto del becerro se quemaba fuera del campamento, en un lugar limpio.
Aquí no vemos un simple reconocimiento verbal del pecado. Había que llevar el becerro, poner la mano sobre su cabeza, degollarlo y disponer de la sangre, la grasa y las demás partes en los lugares establecidos. El pecado del sacerdote se trataba mediante todo el procedimiento prescrito para el sacrificio por el pecado.
Toda la congregación seguía el mismo proceso después de reconocer su pecado
También podía suceder que toda la congregación de Israel quebrantara por error uno de los mandamientos sin darse cuenta. Sin embargo, cuando reconocía el pecado cometido, debía llevar un becerro ante el tabernáculo de reunión. Los ancianos de la congregación ponían las manos sobre la cabeza del animal, y el sacerdote llevaba la sangre al interior del tabernáculo para rociarla siete veces delante del velo. Luego untaba con ella los cuernos del altar y derramaba el resto al pie del altar del holocausto. La grasa se quemaba sobre el altar, y el becerro se llevaba fuera del campamento para quemarlo del mismo modo que el primero.
El procedimiento para el sacerdote y para toda la congregación se repite en muchos aspectos. En ambos casos se ofrecía un becerro, la sangre se llevaba al interior del tabernáculo y el resto del animal se quemaba fuera del campamento. En el caso de la congregación, además, se afirma claramente que, cuando el sacerdote hacía expiación por ella, recibía el perdón.
Tanto el jefe como la persona del pueblo llevaban una ofrenda al reconocer su falta
Si un jefe quebrantaba por error uno de los mandamientos y después reconocía su culpa, debía llevar un macho cabrío sin defecto. Ponía la mano sobre la cabeza del animal y lo degollaba en el lugar donde se sacrificaban los holocaustos. El sacerdote untaba la sangre en los cuernos del altar del holocausto, derramaba el resto al pie del altar y quemaba la grasa sobre él. Cuando el sacerdote hacía expiación por su pecado, el jefe recibía el perdón.
Si una persona del pueblo reconocía un pecado cometido por error, debía presentar como ofrenda una cabra sin defecto. Si llevaba un cordero, tenía que ser una hembra sin defecto. Cualquiera que fuera el animal ofrecido, ponía la mano sobre su cabeza y lo degollaba en el lugar del holocausto. El sacerdote untaba la sangre en los cuernos del altar del holocausto, derramaba el resto al pie del altar y quemaba la grasa sobre él. Después, aquella persona también recibía el perdón.
Había diferencias entre las ofrendas exigidas al sacerdote, a toda la congregación, al jefe y a la persona del pueblo, así como en los lugares donde se aplicaba la sangre. Sin embargo, ninguno de los cuatro casos terminaba en el simple reconocimiento del pecado. Cada uno debía llevar la ofrenda correspondiente, seguir el procedimiento establecido para la expiación y, entonces, recibir el perdón.
Vuelva a leer Levítico 4 en la Biblia y observe las expresiones que se repiten. Una acción concreta para hoy es no ignorar una falta que haya reconocido tardíamente, sino escribir con claridad, en una sola frase, qué hizo mal. En este capítulo, quienes reconocieron su pecado no se quedaron solo con esa conciencia, sino que avanzaron hacia el procedimiento de expiación establecido.
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