Por qué debemos recordar a Dios en tiempos de abundancia
Deuteronomio 8 contrapone el hambre y el maná del desierto con la abundancia de la tierra prometida para explicar por qué no debemos olvidar a Dios cuando estamos satisfechos.
Deuteronomio 8 nos manda recordar a Dios en tiempos de abundancia, en lugar de atribuirlo todo a nuestras propias fuerzas. La razón es que tanto el maná recibido en el desierto como las riquezas que el pueblo obtendría en la tierra prometida provenían de Dios. El pasaje explica esta verdad repasando primero los cuarenta años en el desierto y luego la vida en una tierra fértil.
En el desierto, Dios les enseñó a vivir de su palabra
Israel caminó por el desierto durante cuarenta años. Dios humilló y puso a prueba a su pueblo para revelar si obedecería sus mandamientos. Durante aquel proceso, también pasó hambre.
Sin embargo, Dios lo alimentó con un maná que ni el pueblo ni sus antepasados conocían. El hambre y el maná no fueron acontecimientos aislados. Por medio de ambos, Dios les enseñó que el ser humano no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor.
Pero aquellos años no estuvieron marcados únicamente por las dificultades. Durante cuarenta años, la ropa no se les desgastó ni se les hincharon los pies. En aquella tierra árida y sin agua, Dios hizo brotar agua de la roca. El pasaje vuelve a mencionar también el maná y declara que Dios humilló y puso a prueba a su pueblo para, al final, hacerle bien.
Por eso, recordar el desierto no consiste únicamente en evocar una época difícil. Significa recordar que comieron maná cuando tenían hambre, bebieron agua en una tierra reseca y fueron preservados durante largos años, tanto en su ropa como en sus propios cuerpos. El pueblo no atravesó el desierto gracias a lo que había acumulado con sus manos.
En una tierra próspera aumenta el peligro de olvidar
La tierra a la que Dios los conduciría tendría arroyos y manantiales. Produciría trigo y cebada, uvas, higos, granadas, aceitunas y miel. Allí no les faltaría alimento y también podrían extraer hierro y cobre. En aquella tierra comerían hasta quedar satisfechos.
El pasaje no afirma que disfrutar de la abundancia sea algo malo. El pueblo debía alabar a Dios por haberle dado aquella buena tierra. El problema era olvidarse de él después de quedar satisfecho.
A continuación, el texto describe hermosas casas, rebaños de vacas y ovejas que se multiplican, y una creciente abundancia de plata, oro y posesiones. Cuanto más aumentaran sus bienes, mayor sería el riesgo de que su corazón se llenara de orgullo. Al final, podrían llegar a decir: «Con mi poder y la fuerza de mis manos he conseguido estas riquezas».
Estas palabras atribuyen la prosperidad a uno mismo. Por eso, Moisés vuelve a recordarles que Dios los sacó de Egipto, donde vivían como esclavos, y los condujo a través de un desierto peligroso. También menciona de nuevo el agua de la roca y el maná. Así, los recuerdos concretos del desierto frenan la autosuficiencia que puede surgir en medio de la abundancia.
Recordar a Dios también implica obedecer sus mandamientos
El mandato de recordar a Dios no se limita a evocar el pasado interiormente. El pasaje advierte que el pueblo podría olvidarse de Dios si dejaba de cumplir sus mandamientos, decretos y estatutos. Al final, relaciona la desobediencia a la voz de Dios con la destrucción.
Por el contrario, quien recuerda a Dios reconoce que también recibió de él la capacidad para adquirir riquezas. El alimento recibido en el desierto y los bienes obtenidos en la tierra quedan unidos en una misma confesión. Las circunstancias cambian del hambre a la abundancia, pero no cambia el hecho de que la vida y la fuerza del pueblo no tienen su origen en sus propias manos.
Una acción concreta para hoy es anotar algo que hayas logrado y reconocer que Dios te dio la capacidad para hacerlo posible. Esto no significa negar tu esfuerzo, sino seguir fielmente la advertencia del versículo 17 contra el pensamiento «lo conseguí con la fuerza de mis manos» y el mandato del versículo 18 de recordar a Dios. Al leer de nuevo Deuteronomio 8 y contemplar tanto lo recibido en el desierto como lo disfrutado en la abundancia, descubrimos que recordar no se limita a expresar gratitud, sino que conduce a una vida de obediencia a los mandamientos de Dios.
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